Domingo V de Cuaresma. Actitudes cristianas en tiempos de angustia.

En la carta a los Hebreos que hoy proclama la Iglesia en la segunda lectura, se observan sentimientos de Jesús asumidos al estar postrado por una angustia extrema a causa de la muerte que se cierne sobre él, al ofrecer a Dios Padre ruegos y súplicas «con poderoso clamor y lágrimas». Es decir, el primer sentimiento es el de invocar ayuda de Aquel que puede liberarlo, pero abandonándose siempre en las manos del Padre. Hay un sentimiento de confianza filial en Dios. Este sentimiento de confianza total en Dios se ve expresado en la alianza que recuerda la primera lectura tomada del profeta Jeremías: “Dios será nuestro Dios y nosotros su Pueblo”.

Ser Pueblo de Dios es una hermosa elección, que hoy se nos dice cómo serlo en en el pasaje evangélico de hoy, donde San Juan narra que mientras se encontraba en Jerusalén, algunos griegos, prosélitos del judaísmo, por curiosidad y atraídos por lo que Jesús estaba haciendo, se acercaron a Felipe, uno de los Doce, que tenía un nombre griego y procedía de Galilea. «Señor, le dijeron, queremos ver a Jesús» (Jn 12, 21). Felipe, a su vez, llamó a Andrés, uno de los primeros apóstoles, muy cercano al Señor, quien también tenía un nombre griego, y ambos «fueron a decírselo a Jesús» (Jn 12, 22).

En la petición de estos griegos anónimos podemos descubrir la sed de ver y conocer a Cristo que experimenta toda persona. Y la respuesta de Jesús nos orienta al misterio de la Pascua, manifestación gloriosa de su misión salvífica. «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre», porque es glorificado cuando genera la unidad y salvación a todos, para formar de esa manera un solo Pueblo.

El pasaje evangélico termina diciendo: «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí», «decía esto para significar de qué muerte iba a morir» (Jn 12, 33). De allí vemos otro sentimiento a tomar en cuenta en tiempos de angustia: la cruz es la altura del amor, es la altura de Jesús, y a esta altura nos atrae a todos. Ser un solo pueblo implica asumir renuncias a nuestros egos para encontrarnos con los demás, para atraer y no separar.

Hoy la Iglesia nos estimula a compartir el estado de ánimo de Jesús, la cual es consiste en tener confianza absoluta en Dios Padre y unirnos como Pueblo de Dios. En medio de esto, el Señor se compara a sí mismo con un «grano de trigo deshecho, para dar a todos mucho fruto». Así, mediante la muerte, mediante la cruz, Cristo dio mucho fruto para todos los siglos, no por soportar el dolor, sino por asumirlo con amor, incluso en el dolor o la angustia; porque solo da consuelo a nuestra vida el mantener la adhesión filial al plan divino al decir como Jesús: «Padre, glorifica tu nombre» (Jn 12, 28).

Diácono Thomas Chacón

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