EL REINO NO TENDRÁ FIN, 9 de Enero

«Señor, haz que un día se cumpla en noso­tros tu palabra: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros» (Mt 25, 34).

1.— «El reino de los cielos es semejante a un rey que preparó el banquete de bodas a su hijo y envió a sus criados a llamar a los invitados a las bodas, pero éstos no quisieron venir» (Mt 22, 2-3). Dios ofrece a todos los hombres su Reino e invita a todos a las grandes bodas de su Hijo que viniendo al mundo, desposó consigo a la naturaleza humana; bodas que abren a los hombres el camino de la salvación porque Cristo, el Esposo, por medio de su encarnación conducirá de nuevo a los hom­bres a la casa y al reino del Padre. La salvación es el gran banquete preparado para toda la humanidad, y la única condición para participar en él es aceptar la invi­tación, tan liberal y absolutamente gratuita. Pero, a imi­tación de los invitados de la parábola, muchos se hacen sordos a esta invitación y la rechazan obstinadamente. La salvación es un don, y quien no la acepta se excluye por sí mismo de ella; éste es el significado de la conde­nación eterna, significada por el castigo infligido a quie­nes despreciaron la invitación a las bodas. En su lugar vienen otros invitados y Lucas puntualiza que son «po­bres, tullidos, ciegos y cojos» (14, 21); los cuales se apresuran a asistir al banquete y son figura de quienes, conscientes de la propia indigencia, reconocen la nece­sidad de ser salvados y ven que sólo Dios puede hacerlo. La pobreza los abre al don divino.

Sin embargo, también entre los que aceptan la invi­tación no todos son aprobados. En la tierra, el reino de Dios, es decir la iglesia, acoge a todo el que quiere entrar en él, algo así como el campo acoge el grano y la cizaña, y la red echada en la mar se llena de peces buenos y malos; pero al fin del tiempo Dios mismo hará la selección y los que sean hallados sin «el vestido de boda» serán «arrojados fuera a las tinieblas; allí habrá llanto y crujir de dientes» (Mt 22, 13).

El Reino y la salvación eterna son el don gratuito del amor infinito de Dios; pero precisamente por ser don de amor, exige igualmente una correspondencia de amor. Rehusar el don es rehusar el amor que nos lo ofrece y colocarse por lo tanto fuera del reino de Dios que es reino de amor. Pero quien, aceptando la invitación, entra en la Iglesia y vive en ella de modo digno, será aprobado e introducido en las bodas eternas del Hijo de Dios, en Aquel Reino que no tendrá fin.

2.— El reino de Dios tendrá su plena realización sólo en la gloria del cielo; aquí abajo se va desarrollando en su conjunto mientras haya nuevos hombres que nazcan a la vida, y en cada uno de los hombres para vigorizarse y hacerse más estable en cada uno. Aunque el Hijo de Dios ha consumado en la cruz sus bodas con la humani­dad rescatándola del pecado y resucitando la ha hecho renacer a nueva vida dándole el derecho a la gloria eterna, sin embargo mientras vivimos aquí abajo «en es­peranza estamos salvos» (Rm 8, 24). Esperanza que no engaña, porque se funda en el amor infalible de Dios que, para salvar al mundo, «no perdonó a su propio Hijo, antes lo entregó por todos nosotros» (ib. 32). Esperanza y expe­ctación de un bien futuro, prometido con seguridad por parte de Dios; pero aún incierto porque exige, para conseguirlo, la colaboración libre de cada uno. Lo cual da a la vida presente un sentido de precariedad, de ex­pectación y de vigilancia. «Somos llamados hijos de Dios, y lo somos de verdad —afirma el Concilio sobre los pasos de la Sagrada Escritura—, pero todavía no hemos sido manifestados con Cristo en aquella gloria, en la que sere­mos semejantes a Dios, porque lo veremos tal cual es. Por tanto, mientras habitamos en este cuerpo, vivimos en el destierro lejos del Señor (2 Cr 5, 6) y… gemimos en nuestro interior y ansiamos estar con Cristo» (LG 48). La vida terrena no es un valor estable y definitivo, sino más bien una prueba, un itinerario hacia una meta precisa: la eternidad bienaventurada. Por lo tanto el cristiano no se muestra tan preocupado de afianzarse cómodamente aquí abajo, sino más bien de caminar sin detenimiento hacia la patria que lo espera. Si en esta vida usa de los bienes terrenos, no se apega a ellos, porque no quiere detenerse en ellos, sino caminar a conseguir los eternos. Y si para conseguir su intento fuese necesario renunciar a todos los valores terrenos, lo haría de buen grado, por­que sabe que «es semejante el reino de los cielos a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra» (Mt 13, 45-46). Y aun habiendo hecho esto, estaría con­vencido de haber hecho poco, porque todos los reinos terrenos son nada en comparación con el reino de los cielos.

¡Oh Dios!, tu reino eterno es glorioso y noble cuanto excelsa es tu majestad. Tú no dependes en tus orígenes dinásticos del reino, sino que el reino trae su origen de ti que eres su Rey. Tú, oh Rey nuestro, tienes escrito en tus vestiduras y en tu lado: Rey de reyes y Señor de los que dominan. Eterno es tu poder; el cetro jamás te será arrebatado, ni tu reino será des­truido; tribus, pueblos y lenguas te servirán por siempre. Tú eres el Rey pacifico, cuyo rostro desean contemplar los cielos, y la tierra. ¡Oh, cuán glorioso es tu Reino, excelentísimo Rey!, en el cual reinan y se gozan contigo todos los justos y cuyas leyes son: verdad, paz, caridad, vida e inmortalidad. (S. BUENA­VENTURA, El árbol de la vida).

¡Oh, Dios, venga tu reino! ¿Cuándo estaré en tu Reino? El alma ansía y desfallece anhelando entrar en tus tabernáculos eternos, en aquella ciudad que no decaerá nunca. Todo pasa, todo huye. ¿Cuándo veré a Aquel que no pasa? ¿Cuándo seré confirmado en su posesión de modo que no pueda temer ya nunca el perderlo? ¡Oh, quién pudiese llegar en seguida a este Reino! Mientras tanto, reina tú en mí, reina sobre todos mis deseos, reina tú solo. No se puede servir a dos señores, ni tener dos reyes, ni dos objetos que llenen mi corazón. Servirles es lo mismo que amarlos. Esto nos enseña tu Hijo, la Verdad misma: nadie puede servir a dos señores, porque «el hombre odiara a uno y amará al otro o aceptará a uno y despreciará al otro». No hay camino medio: o amar u odiar, o aceptar o despreciar. Reina, pues, tú solo. (J. B. BOSSUET, Meditaciones sobre el Evangelio).

Tomado del Libro INTIMIDAD DIVINA, Meditaciones sobre la vida interior
para el Adviento y la Navidad, del P Gabriel de Santa María Magdalena O.C.D.

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