DOMINGO III DE CUARESMA

Dios tiene sed de nosotros.

El Evangelio nos sitúa en la hora sexta, las doce del mediodía. Es la hora del sol implacable, la hora en que nadie va al pozo. La Samaritana va a esa hora precisamente para no ser vista, para evitar los susurros de un pueblo que conoce su historia de fracasos. Cuántas veces nosotros también caminamos por la vida a «la hora sexta», cargando un cántaro de soledad, ocultando nuestras heridas tras una máscara de autosuficiencia. Pero allí, en el lugar de nuestra vergüenza y nuestro cansancio, Jesús nos está esperando. Él no está allí por casualidad; Él «tenía que pasar por Samaría». Dios tiene una cita con nuestra sed.

Lo más asombroso de este relato no es que la mujer pida agua, sino que Dios tiene sed. «Dame de beber», dice el Señor. Pastoralmente, esto nos dice algo revolucionario: Jesús no entra en nuestra vida como un juez que exige, sino como un mendigo que solicita. Él se hace vulnerable para que nosotros no tengamos miedo de nuestra propia vulnerabilidad. Al pedirnos «beber», Jesús nos está pidiendo permiso para entrar en nuestra historia. Él no quiere darnos una lección de teología; quiere establecer una relación de intimidad.

Cuando Jesús le dice: «Llama a tu marido», está tocando la llaga abierta. Los «cinco maridos» no son solo un recuento de pecados morales; representan los cinco intentos fallidos de la mujer por llenar su corazón. ¿Cuáles son nuestros «cinco maridos»? ¿Es el éxito, el dinero, el reconocimiento, el alcohol, o quizás una relación tóxica Todos hemos intentado calmar nuestra sed de infinito en pozos que se secan. Jesús, con una ternura inmensa, le hace ver que su problema no es que sea «mala», sino que está buscando en el lugar equivocado. El drama humano no es tener sed, sino tratar de saciarla con agua que no da la vida.

La mujer, al verse descubierta, intenta desviar el tema hacia la religión teórica: «¿Dónde hay que adorar?». Es la tentación de siempre: hablar de «cosas de Dios» para no hablar de «mi relación con Dios». Pero Jesús la lleva al centro: «Espíritu y Verdad». Adorar en verdad es presentarse ante Dios sin el cántaro de las apariencias. Es decirle: «Señor, esto es lo que soy: un pozo seco que necesita tu lluvia». La profundidad de esta homilía radica en entender que la verdadera adoración comienza cuando dejamos de mentirle a Dios y nos dejamos amar en nuestra pobreza.

El detalle más hermoso es que la mujer, tras hablar con Jesús, dejó su cántaro. Ese cántaro era su herramienta de trabajo, pero también el símbolo de su rutina de insatisfacción. Al dejar el cántaro, ella nos dice que ha encontrado algo superior. Ya no necesita buscar fuera lo que ahora brota desde su interior. Se convierte en misionera no porque haya tomado un curso, sino porque se siente amada en su verdad. Su testimonio es sencillo: «Vengan a ver a uno que me ha dicho todo lo que he hecho». Lo que antes era su vergüenza (su pasado), ahora es su mensaje (la misericordia de Dios).

Hermanos y hermanas, hoy el pozo de Sicar es este altar. Jesús sigue sentado aquí, esperando que lleguemos con nuestra fatiga. No importa cuántos «maridos» o fracasos cargues en tu historia. No importa si has venido al pozo a escondidas. Hoy el Señor te dice: «Si conocieras el don de Dios…». Déjate mirar por Él, abandona tu cántaro de culpas y permítele que convierta tu desierto en un manantial.

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