Mis prejuicios
El relato comienza con una pregunta que aún hoy resuena en nuestra cultura: la búsqueda de culpables ante el sufrimiento. Los discípulos ven al ciego y preguntan: “¿Quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?”.
En aquel tiempo, se creía que la enfermedad era un castigo divino. Jesús rompe este esquema de inmediato. Él no busca causas en el pasado, sino propósito en el presente. Nos enseña que el dolor no es una sentencia, sino una oportunidad para que «se manifiesten en él las obras de Dios».
A menudo perdemos el tiempo buscando culpables de nuestras heridas, cuando Jesús nos invita a dejar que esas mismas heridas sean el lugar donde su luz brille.
Jesús realiza un gesto extraño: escupe en tierra, hace barro y se lo unta en los ojos. Este acto nos remite directamente al Génesis, cuando Dios moldea al hombre del polvo de la tierra. Es una nueva creación.
Sin embargo, el milagro no es instantáneo. Jesús le dice: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”. El ciego debe caminar, aún a oscuras, confiando solo en la palabra que acaba de escuchar. La fe aquí no es un sentimiento mágico, sino una obediencia activa. Al lavarse, no solo recupera la vista, sino que empieza a ver el mundo por primera vez.
El resto del capítulo es un juicio invertido. Mientras el hombre sanado va «viendo» cada vez más claro quién es Jesús (pasa de llamarlo «ese hombre» a «profeta» y finalmente «Señor»), los fariseos, que tienen ojos sanos, se hunden en la oscuridad.
Los vecinos están cegados por el escepticismo.
Los padres están cegados por el miedo al sistema.
Los fariseos están cegados por la soberbia de la ley.
Ellos afirman: «Nosotros sabemos». Y es precisamente ese «saber» lo que los condena. Al creer que ya lo saben todo, cierran la puerta a la novedad de Dios. El ciego, en su humildad y honestidad («Solo sé que yo era ciego y ahora veo»), se convierte en el verdadero teólogo.
El Evangelio termina con una sentencia punzante de Jesús: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís ‘vemos’, vuestro pecado permanece”.
La peor ceguera no es la de los ojos, sino la del corazón que cree que no necesita ser iluminado. Este pasaje nos invita a lavarnos en nuestra propia «piscina de Siloé» —el bautismo y la conversión diaria— para reconocer que, a veces, los que más juzgamos son los que más luz tienen para darnos.
Dios es bueno.
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