DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO

SHEMÁ ISRAEL ADONAI ELOHÉINU, ADONAI EJÁD

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Imagínate por un momento en medio de esa multitud de religiosos, maestros de la ley y curiosos que acorralan a Jesús en el templo. Entre discusiones sobre normas y preceptos que sumaban cientos en la tradición, alguien se acerca con una pregunta crucial que nosotros mismos nos hacemos a menudo: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». Jesús no responde enumerando prohibiciones o ritos externos, sino que va directo al centro de la vida y rescata la oración más sagrada y fundacional que todo israelita recita desde niño hasta el último de sus días: el Shemá Israel.

‎Cuando Jesús dice «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios es el único Señor…», nos está invitando a detenernos en la primera palabra: escucha. Pero este mandato de escuchar y amar a Dios no nace de una exigencia fría, sino de una respuesta de gratitud, porque si Dios nos está diciendo que debemos amarle con todo, es sencillamente porque Él ya lo ha hecho primero con nosotros, habiéndonos amado con un amor hasta el extremo. En la mentalidad bíblica, escuchar no es simplemente oír un sonido con los oídos, sino acoger con todo el ser, poner por obra y obedecer con amor a ese Dios que se nos ha entregado por completo. Al afirmar que el Señor es nuestro Dios y es uno solo, nos recuerda que Dios no comparte el trono de nuestro corazón con nada ni con nadie, desterrando cualquier falso ídolo moderno como el dinero, el poder o el egoísmo, para corresponder con todo el corazón, el alma, la mente y las fuerzas a Aquel que nos amó primero.

‎Pero Jesús da un paso más allá y une este mandato con otro inseparable: «Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Aquí radica la gran revolución del Evangelio, pues resulta imposible amar verdaderamente a Dios, a quien no vemos, si despreciamos al hermano que tenemos al lado de carne y hueso. El amor al prójimo no es una teoría bonita, sino la prueba de fuego y el reflejo visible de nuestro amor a Dios, demostrándose en la defensa de los más vulnerables y en la cercanía compasiva que brota de sabernos primeramente amados por Él.

‎Hermanos, en este mundo lleno de ruidos, pantallas y prisas donde nos cuesta tanto detenernos, el Señor nos repite hoy: «Escucha, Israel… Escucha, hijo mío». Volvamos a lo esencial, dejemos que Dios sea el centro absoluto de nuestra vida y hagamos que ese amor que Él ya nos ha dado hasta el extremo se traduzca en gestos reales de perdón, paciencia y misericordia con quienes caminan a nuestro lado.

Dios es bueno.

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