DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Encuentro con el Mundo del Sufrimiento. 

Para este domingo, se me hace propicio exponer lo que en el año 2009 el Papa Benedicto XVI mencionó de las lecturas que hoy nos presenta la Iglesia en “Encuentro con el Mundo del Sufrimiento”

En la curación de la suegra de Pedro que se lee hoy del Evangelio de Marcos, se dice que a Jesús le hablan de la enferma y “Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó” (Mc 1,30-31). Luego, vemos a Jesús pasar un día con los enfermos para confortarlos; con gestos concretos, nos manifiesta su ternura y bondad para con todos los que tienen el corazón roto y el cuerpo herido.

Esto nos lleva a pensar, que ante el sufrimiento, la enfermedad y la muerte, el hombre tiene la tentación de gritar a causa del dolor, como hizo Job, cuyo nombre significa “el que sufre”. Jesús mismo gritó poco antes de morir (cf. Mc 15,37); porque cuando nuestra condición humana se deteriora, aumenta la ansiedad; a algunos les viene la tentación de dudar de la presencia de Dios en su vida. Por el contrario, Job es consciente de que Dios está presente en su existencia; su grito no es de rebelión, sino que, desde lo más hondo de su desventura, presenta su confianza. Sus amigos, como todos nosotros ante el sufrimiento de un ser querido, tratan de consolarlo, pero utilizan palabras vanas.

Ante la presencia del sufrimiento, nos sentimos desarmados y no encontramos las palabras adecuadas; pero allí el silencio respetuoso y compasivo, nuestra presencia apoyada por la oración, una mirada, una sonrisa, pueden valer más que tantos razonamientos.

Sin embargo, al ver la infamia que se le hace a Jesús en la cruz, contemplando su rostro y reconociendo la atrocidad de su dolor, podemos vislumbrar, por la fe, el rostro radiante del Resucitado que nos dice que el sufrimiento y la enfermedad no tendrán la última palabra en nuestra vida humana. Después de la resurrección, y hasta hoy, hay muchos testigos que se han dirigido, con fe y esperanza, al Salvador de los hombres, reconociendo su presencia en medio de su prueba. El Padre de toda misericordia acoge siempre con benevolencia la oración de quien se dirige a Él. Responde a nuestra invocación y nuestra plegaria, para nuestro bien. A nosotros nos toca discernir su respuesta y acoger como una gracia los dones que nos ofrece. Fijemos nuestros ojos en el Crucificado, con fe y valor, pues de Él proviene la Vida, el consuelo, la sanación. Miremos a Aquel que desea nuestro bien y sabe enjugar las lágrimas de nuestros ojos; aprendamos a abandonarnos en sus brazos como un niño pequeño en los brazos de su madre.

El Evangelio de hoy nos muestra que la oración es remedio para quienes estamos sanos, para los  enfermos, y todas sus familias y quienes los atienden, porque al acompañar a los que sufren se hace reinar a la caridad y amor, que Dios tiene en cuenta: “Estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25,40). En la oración, todo nuestro deseo, toda nuestra fuerza están totalmente fijos en Jesús para contemplarlo. Todo el objeto de nuestra oración es estar unidos, por la visión y por la contemplación, a aquel al que rogamos, con una alegría maravillosa y un temor respetuoso, con una dulzura y deleite tal que no podemos rogar más, en estos momentos, que por donde Él nos conduce.

Hoy en Evangelio nos pide que cada uno de nosotros nunca se sienta solo. En efecto, corresponde a cada hombre, creado a imagen de Cristo, convertirse en prójimo de quien tiene cerca, porque Cristo está en medio de nosotros dándonos el consuelo que experimentó en la fe.

Diác Thomas Chacón

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *