El desierto, camino a la pascua.
El Evangelio de hoy nos sitúa ante un misterio estremecedor: Jesús, lleno del Espíritu Santo, es llevado al desierto para ser tentado. No es un accidente, es un plan. El desierto es el lugar de la verdad desnuda, donde caen las máscaras y nos quedamos a solas con lo que realmente somos.
Mateo nos dice que, después de ayunar, Jesús sintió hambre. Es en nuestra «hambre» —de afecto, de seguridad, de sentido, de pan— donde el tentador se presenta. La tentación no suele ser una invitación al mal absoluto, sino una invitación a buscar un bien legítimo por el camino equivocado.
El demonio comienza con un «Si eres Hijo de Dios…». Es un ataque directo a la identidad. El enemigo no quiere que Jesús peque de gula; quiere que Jesús dude de la providencia del Padre. Quiere que use su filiación para servirse a sí mismo en lugar de servir a la humanidad.
Hoy podemos hablar de tres tentaciones en nuestra sociedad.
La tentación de la eficacia (Las piedras en pan): Es la presión de medir nuestra vida y nuestra fe solo por los resultados materiales. «Si Dios me ama, ¿por qué sufro carencias?». Jesús nos recuerda que el ser humano es un abismo que solo la Palabra de Dios puede llenar. No somos solo estómagos que alimentar, somos almas que salvar.
La tentación del presagio y el control (El pináculo del Templo): Es el deseo de forzar a Dios a que nos demuestre su amor con milagros a la carta. Es la fe que dice: «Creeré en ti si me sacas de este problema». Es usar a Dios como un seguro contra el sufrimiento. Jesús elige la confianza silenciosa sobre el espectáculo religioso.
La tentación del atajo (Los reinos del mundo): Es la más seductora. Obtener el éxito, la paz o la justicia traicionando los medios. Es creer que el fin justifica los medios. Jesús nos enseña que el Reino de Dios no se construye con el poder que domina, sino con el amor que se arrodilla a lavar los pies.
La victoria de Jesús en el desierto es la primicia de su victoria en la Cruz. Allí donde Adán cedió, y donde nosotros a menudo claudicamos, el «Nuevo Adán» se mantiene firme. Él no vence con un despliegue de fuerza divina, sino con la humildad de la obediencia.
Para nosotros, la vida espiritual no es la ausencia de tentación, sino la presencia de la Gracia en medio de ella. El Espíritu que llevó a Jesús al desierto es el mismo que nos sostiene a nosotros cuando sentimos que nuestras fuerzas flaquean.
Hermanos, no teman a sus desiertos. No teman a esos momentos de sequedad o de prueba. El desierto es el seminario donde Dios educa nuestro corazón.
«No se nos pide que no sintamos la tentación, se nos pide que, cuando el hambre apriete, sepamos decir con Cristo: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió’.»
Hoy, al salir de esta celebración, miremos nuestras «hambres» y preguntémonos: ¿A quién estoy adorando para saciarlas? ¿Al éxito rápido ojalá al Dios que camina conmigo en el silencio?
Dios es bueno.
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