DOMINGO III DE PASCUA , Ciclo A

La Liturgia del camino

El camino de Emaús no es solo un suceso histórico acontecido hace dos milenios; es la radiografía exacta de nuestra existencia cuando el dolor o la rutina nos nublan la vista. San Lucas nos presenta a dos hombres que caminan en la dirección equivocada: se alejan de la comunidad, huyen de Jerusalén —el lugar del sacrificio— y se dirigen hacia la penumbra del atardecer.

Su tragedia no es la muerte de Jesús, sino la muerte de su propia esperanza; caminan con el rostro sombrío porque han reducido su fe a un «nosotros esperábamos», un pasado perfecto que no encuentra espacio en un presente que consideran fracasado. Es aquí donde emerge la profundidad más conmovedora de la pedagogía divina: Jesús no espera a que ellos vuelvan arrepentidos, sino que se infiltra en su decepción y se hace compañero de ruta, demostrando que Dios es experto en caminar al ritmo del hombre que sufre, incluso cuando este le da la espalda.

Lo que sigue es una verdadera «liturgia del camino».  Jesús, actuando como un terapeuta del alma, no comienza por revelarse de golpe, sino que les permite desahogarse, escuchando sus quejas y su teología incompleta. Luego, utiliza la Palabra para encender el fuego que el mundo había apagado. Les enseña que la Cruz no fue un accidente trágico, sino el corazón mismo del plan de Dios; les revela que el dolor es el surco necesario para que germine la vida.

Esta es la gran lección para nosotros: la Biblia no es un libro de datos, sino un encuentro que debe hacernos arder el corazón. Sin embargo, la Palabra por sí sola no basta para abrirles los ojos; hace falta el gesto de la hospitalidad, el «quédate con nosotros», y el signo definitivo de la fracción del pan. En el momento en que Jesús parte el pan, los discípulos reconocen el estilo de Dios: la entrega total, la vulnerabilidad que se hace alimento.

Al final, el encuentro con el Resucitado tiene un efecto centrífugo: no permite que los discípulos se queden cómodamente en su destino.  En ese mismo instante, a pesar de la noche y del cansancio, se levantan para volver a Jerusalén. La transformación es radical: los pies que huían ahora corren a anunciar; el corazón que estaba frío ahora es una antorcha. La reflexión profunda que nos deja este Evangelio es que el Resucitado no nos quita los problemas, sino que nos devuelve la visión para encontrarlos con sentido.

Ser cristiano no es caminar sin sombras, sino saber que, en medio de la noche más oscura, hay un Compañero que camina a nuestro lado, que nos explica nuestra propia historia a la luz de su amor y que se nos entrega en cada Eucaristía para que nosotros, transformados, nos convirtamos también en pan partido para la esperanza del mundo.

Dios es bueno.

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