DOMINGO II DE PASCUA

Señor mío y Dios mío

Queridos hermanos y hermanas, hoy celebramos el segundo domingo de Pascua, la Fiesta de la Divina Misericordia. El Evangelio nos sitúa en un escenario que, aunque ocurrió hace dos mil años, nos resulta extrañamente familiar: un grupo de amigos asustados, con las puertas cerradas por miedo, intentando procesar lo que parece imposible.

Es en ese encierro —físico y espiritual— donde Jesús se hace presente. No espera a que ellos tengan una fe perfecta para entrar; Él atraviesa sus muros. Su primera palabra no es un reproche («¿Por qué me abandonaron?»), sino un regalo: «Paz a vosotros». Esa es la esencia de la misericordia: Dios  viene  a nuestro encuentro cuando menos lo merecemos y cuando más lo necesitamos.

A menudo hemos sido duros con el apóstol Tomás, etiquetándolo como «el incrédulo». Pero, si somos honestos, Tomás es el más moderno de los apóstoles. Él representa a la humanidad que sufre, a la que ha visto la cara del dolor y la muerte, y que no se conforma con frases hechas o alegrías superficiales.

Tomás dice: «Si no veo… no creeré». No es que no quiera creer, es que le duele demasiado haber perdido la esperanza. ¿Cuántas veces nosotros, ante una enfermedad, una crisis familiar o la injusticia del mundo, nos hemos sentido como él? Muchas veces nuestras puertas también están cerradas por la duda.

Ocho días después, Jesús vuelve. Y aquí vemos la ternura infinita de la Divina Misericordia. Jesús no viene a humillar a Tomás por su falta de fe; viene a ofrecerle exactamente lo que Tomás necesita para sanar. Le dice: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos». Jesús permite que sus llagas sean tocadas. Es un misterio asombroso: el cuerpo resucitado de Cristo conserva las huellas de la Pasión. ¿Por qué? Porque sus llagas son su carné de identidad. Son la prueba de que el amor de Dios no es una teoría, sino una realidad que se dejó traspasar por nosotros.

Al tocar esas llagas, Tomás experimenta una conversión que va más allá de la vista: pasa de tocar carne herida a confesar la divinidad: «¡Señor mío y Dios mío!». Es la confesión de fe más corta y más profunda de todo el Evangelio.

Jesús termina con una promesa que nos alcanza a nosotros hoy: «Dichosos los que crean sin haber visto». Nosotros no podemos tocar físicamente las manos de Jesús, pero la Iglesia nos enseña que el Resucitado se deja tocar hoy en dos lugares específicos: En la Eucaristía y los Sacramentos: Donde su misericordia nos limpia y nos alimenta.

En las «llagas» de nuestros hermanos: El Papa Francisco nos invitaba constantemente a «tocar la carne de Cristo» en los pobres, los enfermos, los migrantes y los que sufren. Cada vez que nos acercamos al dolor ajeno con amor, estamos haciendo lo mismo que Tomás: encontrándonos con Dios.

Hoy es el día para decirle al Señor: «Confío en ti». No importa qué tan cerradas estén tus puertas hoy, o qué tan profunda sea tu duda. La misericordia de Dios es un océano que no tiene orillas. Al igual que Tomás, acerquémonos sin miedo. Dejemos que Jesús sane nuestra incredulidad con su paz y que sus llagas nos recuerden que nunca estamos solos en nuestro sufrimiento.

Que nuestra respuesta hoy y siempre sea ese grito de fe humilde: Señor mío y Dios mío.

Que así sea. Dios es bueno.

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