DOMINGO IV DE PASCUA , Ciclo A

La Puerta abierta y la Voz que nos llama

El Evangelio que acabamos de escuchar nos regala una de las imágenes más reconfortantes de nuestra fe. Pero para entenderla bien, hay que mirar los detalles que Jesús nos da. En estos diez versículos, Él usa dos comparaciones: la Voz y la Puerta.
Jesús dice que el pastor llama a sus ovejas por su nombre y ellas reconocen su voz.
En nuestra vida diaria estamos rodeados de «ruido»: la televisión, las redes sociales, las expectativas de los demás, nuestras propias preocupaciones… Hay muchas voces que nos dicen qué hacer para ser felices o para tener éxito. Pero la voz del Buen Pastor es distinta.
No es una voz que juzga ni que condena.
Es una voz que da paz, que suena a hogar.
Es una voz que nos llama por nuestro nombre, no por nuestros errores.
¿Cuánto hace que no hacemos silencio para escuchar esa voz? A veces pensamos que Dios está callado, pero quizás es que nosotros estamos muy aturdidos. Él nos habla en la oración, en un gesto de amor de alguien que nos quiere o en la paz que sentimos después de hacer lo correcto.
Después, Jesús dice algo que puede parecer extraño: «Yo soy la puerta de las ovejas».
En aquel tiempo, los rediles eran espacios protegidos por muros de piedra. La puerta era el lugar de seguridad. Que Jesús sea la puerta significa dos cosas fundamentales para nosotros hoy.
Protección: Al entrar por Él, estamos a salvo de lo que nos roba la alegría (el miedo, el egoísmo, la desesperanza).
Libertad: Jesús añade que sus ovejas «entrarán y saldrán». La fe no es una cárcel ni una lista de prohibiciones. Ser cristiano es vivir en libertad, sabiendo que tenemos un hogar seguro al cual volver.
El texto termina con una promesa que deberíamos grabar en el corazón: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia».
A veces tenemos la idea equivocada de que la religión es «aguantar» o vivir con tristeza para ganar el cielo. ¡Nada más lejos de la verdad! Jesús no quiere que «sobrevivamos» a la vida; quiere que la vivamos con plenitud.
Vida en abundancia es amar sin medida.
Vida en abundancia es tener esperanza incluso en medio de la enfermedad o el duelo.
Vida en abundancia es saberse amado por Dios pase lo que pase.
Esta semana te invito a hacer un ejercicio sencillo. Cuando sientas que el mundo te aturde o que te invade la ansiedad, detente un segundo y di en tu interior: «Señor, Tú eres mi Pastor, reconozco tu voz».
No busques soluciones mágicas; busca esa conexión con Él. Jesús no es un salteador que viene a robarte la energía o la alegría; Él es quien abre la puerta para que salgas a vivir con fuerza y regreses a descansar en su paz.
Que esta Eucaristía nos ayude a afinar el oído del corazón para seguir siempre a quien nos conoce mejor que nosotros mismos.
Dios es bueno.

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