DOMINGO V DE PASCUA , Ciclo A

No pierdan la paz

Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy, nos sitúa en el corazón de la última cena, un momento cargado de incertidumbre y despedida.

Los discípulos están turbados; presienten que el Maestro se va y el miedo al vacío comienza a asfixiarlos. Es en este escenario de fragilidad donde Jesús pronuncia una de las promesas más reconfortantes de toda la Escritura: «No pierdan la paz». No se trata de un optimismo superficial, sino de una invitación a cambiar el fundamento de nuestra seguridad: dejar de confiar en nuestras fuerzas para confiar en su Persona. Jesús nos asegura que nuestra existencia no es un viaje hacia la nada, sino un retorno al hogar, a la «casa del Padre» donde Él mismo nos ha preparado un lugar.

Sin embargo, frente a esta promesa, surgen nuestras propias dudas representadas en Tomás y Felipe. Tomás, con una honestidad que nos identifica, reconoce: «No sabemos a dónde vas». Él busca un mapa, una ruta con coordenadas precisas. Pero Jesús le responde con una verdad que rompe todos sus esquemas: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida».

Jesús no nos entrega un manual de instrucciones para llegar a Dios; Él se entrega a sí mismo como el puente. No hay que buscar rutas alternativas ni atajos espirituales; caminar por la vida con Sus criterios, amar con Su corazón y mirar con Sus ojos es ya estar en el Camino. Él es la Verdad que no defrauda frente a las ilusiones del mundo y es la Vida que vence incluso al peso de la muerte.

Finalmente, la petición de Felipe, «Muéstranos al Padre», nos revela el hambre profunda del ser humano por ver a Dios. La respuesta de Jesús es contundente: «Quien me ve a mí, ve al Padre».

En Cristo, Dios ha dejado de ser un concepto lejano para tener un rostro humano, manos que sanan y una voz que perdona. Hoy se nos invita a no buscar a un Dios abstracto en las nubes, sino a encontrarlo en la humanidad de Jesús y en las «obras» que Él nos llama a continuar.

Creer en Él no es solo asentir a una doctrina, es permitir que Su vida fluya a través de nosotros para que, en medio de nuestras propias crisis y oscuridades, podamos ser reflejos de ese Camino que conduce a la paz definitiva.

Dios es bueno.

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