SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

CUERPO Y SANGRE DE CRISTO, AMÉN.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Hoy nos reunimos para celebrar una de las fiestas más profundas y hermosas de nuestra fe: la solemnidad del Corpus Christi, el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

A diferencia del Jueves Santo, donde revivimos la institución de la Eucaristía en un ambiente de intimidad y preparación para la Pasión, hoy salimos a celebrar. Hoy es un día de inmensa gratitud, de adoración pública y de asombro ante un misterio que supera toda lógica humana: Dios no solo se hizo hombre, sino que eligió quedarse con nosotros en la humilde apariencia de un pedazo de pan y un poco de vino.

Piensen por un momento en la genialidad del amor de Dios. Cuando Jesús se despidió de sus discípulos, sabía que la distancia y el olvido son los grandes enemigos del corazón humano. Podría haber dejado un gran monumento, un libro escrito de su puño y letra, o un gran palacio. Pero eligió el pan. ¿Por qué el pan? Porque el pan no es para ser guardado en una vitrina; el pan se come, se comparte, se asimila y se transforma en nuestra propia vida.

Al decirnos «Tomen y coman, esto es mi Cuerpo», Jesús nos está invitando a una comunión total. Él no quiere quedarse fuera de nosotros, como un espectador de nuestras luchas y alegrías. Quiere entrar en nuestro cansancio, en nuestras dudas, en nuestros dolores, y transformarlos desde dentro.

Pero esta fiesta tiene dos dimensiones inseparables que san Agustín resumía con una frase brillante: «Conviértanse en lo que reciben». Recibimos el Cuerpo de Cristo: Nos unimos a Él en el altar. Es el momento de la intimidad, del consuelo y de la gracia que nos sana.

Nos convertimos en el Cuerpo de Cristo: Al salir del templo, nosotros somos sus manos para consolar, sus pies para ir al encuentro del que sufre, y su corazón para amar a los que el mundo descarta. No podemos adorar a Cristo en el pan del altar si lo ignoramos en el hermano que pasa hambre, que está solo o que vive en la desesperanza.

Hoy, cuando el sacerdote eleve la Hostia Sagrada, dejémonos asombrar de nuevo. Digámosle en el silencio del corazón: «Señor, gracias por no dejarme solo. Gracias por hacerte alimento para mi camino». Y que al comulgar, salgamos al mundo transformados en «pan partido» para los demás, llevando la paz, la misericordia y la alegría que solo Él nos puede dar.

Que María Santísima, la primera que llevó el Cuerpo de Cristo en su seno, nos enseñe a recibirlo y a adorarlo con un corazón limpio y agradecido.

Dios es bueno.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *