SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

Ven Espíritu Santo 

 

Hoy celebramos la fiesta de Pentecostés, el día en que la Iglesia se viste de fiesta porque se cumple la gran promesa de Jesús: no dejarnos huérfanos, sino enviarnos al Defensor, al Consolador, al Espíritu Santo.

Si nos fijamos en el Evangelio que acabamos de escuchar, la escena no puede ser más parecida a muchas de nuestras situaciones cotidianas. Los discípulos están encerrados en una habitación y las puertas están trancadas «por miedo». El miedo es una emoción terrible: nos paraliza, nos encierra en nosotros mismos, nos hace oler a aire viciado y nos convence de que es mejor no arriesgarse. ¿Cuántas veces nos pasa eso a nosotros? Cuántas veces cerramos las puertas del corazón por miedo al fracaso, por miedo al qué dirán, por heridas del pasado que no han sanado, o simplemente por la rutina de una fe que se ha vuelto fría y aburrida.

Pero lo hermoso de este texto es que Jesús no toca la puerta esperando a que los discípulos superen sus temores; Jesús se hace presente en medio de ellos, rompe el encierro y les dice: «Paz a ustedes». No les reclama su cobardía ni les echa en cara que lo abandonaron en la cruz. Su primer regalo es la paz. Y acto seguido, hace algo profundamente simbólico: sopla sobre ellos. Es el mismo soplo creador del Génesis, cuando Dios formó al hombre del barro y le dio vida. Pentecostés es una nueva creación. Con ese soplo, Jesús mete aire fresco en esa habitación asfixiante y transforma el miedo de los apóstoles en una valentía inquebrantable.

Ese mismo Espíritu Santo es el que hoy quiere soplar sobre esta comunidad y sobre cada una de nuestras vidas. Él actúa de tres maneras muy concretas que todos podemos experimentar hoy mismo.

En primer lugar, el Espíritu Santo es el Traductor del Corazón. En la primera lectura hemos visto el milagro de las lenguas: gente de todas partes del mundo, con culturas y modismos diferentes, entendían a los apóstoles en su propio idioma. Pentecostés es lo contrario a la torre de Babel, donde nadie se entendía por culpa de la soberbia. El Espíritu Santo nos enseña el único idioma universal: el idioma del amor, de la misericordia y de la escucha. Todos estamos llamados a ser traductores de Dios en el día a día. El Espíritu es el que nos da la palabra exacta para consolar a un amigo que sufre, el que nos da la humildad para pedir perdón en casa cuando el orgullo nos gana, o el que nos regala la sabiduría de callar cuando una palabra nuestra puede herir a los demás.

En segundo lugar, el Espíritu es un Fuego que purifica, no que destruye. San Lucas nos dice que aparecieron lenguas como de fuego sobre cada uno de ellos. Todos venimos hoy a misa con alguna zona «fría» en el alma: desánimos, preocupaciones familiares, crisis de fe o cansancio laboral. El Espíritu Santo no viene a juzgar esa frialdad; viene como un fuego que calienta lo que está congelado, que ilumina nuestras oscuridades y que quema la maleza del egoísmo para que brille lo mejor de nosotros mismos. Hoy es un día para decirle desde el fondo del corazón: «Ven, Espíritu Santo, y enciende otra vez mi alegría de ser cristiano».

Por último, el Espíritu es el Viento que empuja. Una Iglesia sin el Espíritu Santo es como un barco de vela en un día sin viento: por más que los marineros remen, se cansen y se desgasten haciendo planes y reuniones, el barco no avanza. El Espíritu es la fuerza que infla nuestras velas y nos empuja a salir de la comodidad, a vencer la pereza y a ir al encuentro del que está solo, del que sufre, o del que se siente lejos de Dios.

Hermanos, al terminar esta eucaristía vamos a cruzar las puertas de este templo para regresar a nuestras casas, a nuestros trabajos, a nuestras realidades. La pregunta que el Señor nos hace hoy es: ¿vamos a salir de aquí para seguir viviendo encerrados por miedo, o vamos a dejar que el viento de Dios nos mueva?

No tengamos miedo de abrir las ventanas de la vida al Espíritu Santo. Dejémonos transformar por Él. Que la Virgen María, que estuvo con los apóstoles en el Cenáculo esperando esta fuerza de lo alto, nos enseñe a ser dóciles a su gracia.

Le pedimos juntos al Señor: ¡Ven, Espíritu Santo! Rompe nuestros candados, limpia nuestro aire, enciende nuestro fuego y haznos testigos alegres de tu resurrección. Amén.

 

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