SOLEMNIDAD DE LA ASCENCION DEL SEÑOR

Una Promesa de Reencuentro

La Ascensión de Jesús a los cielos suele vestirse, a primera vista, con el traje de la nostalgia. Mirar a los apóstoles con los ojos fijos en las nubes es vernos un poco a nosotros mismos cuando despedimos a alguien que amamos. Sin embargo, este misterio no es el relato de una ausencia, sino la firma de una promesa eterna: «Vuelvo al lugar de donde salí, y allí los esperaré para que vivan conmigo».

Jesús no sube al cielo como un extraño que visita un territorio desconocido. Él regresa a su hogar, al seno del Padre, al lugar de donde brotó la Luz que vino a iluminar nuestra historia. Pero hay una diferencia crucial en su retorno: no regresa solo.

Al encarnarse, Jesús abrazó nuestra humanidad; al ascender, la lleva consigo. No vuelve al Padre dejando nuestra fragilidad en la tierra, sino que la introduce en la eternidad. Su regreso es la apertura oficial de las puertas de la casa paterna para cada uno de nosotros. No es un abandono; es un «me adelanto» para que cuando lleguen no les falte nada y su alegría sea plena.

Esta certeza transforma por completo nuestra perspectiva del tiempo y de la distancia. Su partida no es la distancia del olvido, sino la prisa del amor. Jesús se nos adelanta con la delicadeza de quien viaja antes para ordenar la casa, encender el fuego y disponer la mesa. Se adelanta para asegurar que cada detalle de la eternidad esté listo para recibirnos, garantizando que el banquete del Reino no sea a medias, sino un desborde de gozo donde no habrá lugar para el dolor ni la carencia. Nos precede para que nuestra llegada sea un reencuentro perfecto.

Ese «allí los esperaré» hace que el cielo deje de ser un concepto abstracto o un espacio vacío; ahora tiene el rostro de Alguien que nos conoce, que caminó nuestras calles, que lloró nuestras lágrimas y que venció nuestros miedos. Él nos aguarda como el anfitrión que prepara con esmero el espacio para sus amigos más amados. Su espera es la garantía de que nuestro destino final no es la nada, ni el polvo, sino la comunión total.

La meta final de la Ascensión es la convivencia eterna: «para que vivan conmigo». Jesús no quiere salvarnos a la distancia. Su deseo más profundo es que donde Él esté, también estemos nosotros, participando de su misma felicidad.

Sin miedo al futuro, Caminamos con la paz de saber exactamente hacia dónde vamos y quién nos aguarda. Con los pies en la tierra, pero el corazón en el cielo, Trabajamos por transformar nuestra realidad actual, sabiendo que lo mejor está por venir. En profunda esperanza. Cada día que pasa no nos desgasta, sino que nos acerca un paso más al umbral de esa alegría que ya se está preparando para nosotros.

La Ascensión es la fiesta de la esperanza. Al mirar al cielo, no vemos un vacío, sino un camino trazado. Jesús no nos ha dejado solos; simplemente ha ido delante para abrir el paso y asegurar el destino. Ha vuelto a casa para que, cuando llegue nuestro momento, crucemos la puerta con la certeza absoluta de que todo está listo y nuestra alegría será, por fin, plena y para siempre.

Dios es bueno

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