DOMINGO XIX TIEMPO ORDINARIO

Mantener la mirada en medio de la tormenta 

 

Hay momentos en la vida en que nos sentimos exactamente igual que los discípulos en aquella barca: en medio de un mar agitado, con el viento en contra y sintiendo que las fuerzas no alcanzan. Es una sensación muy parecida a la que hemos vivido recientemente cuando la tierra misma se estremece bajo nuestros pies. Las sacudidas y los momentos de zozobra tras los sismos en nuestro país nos recuerdan cuán frágiles somos y cómo, en cuestión de segundos, la aparente estabilidad de nuestros hogares, escuelas y comunidades puede tambalearse.

En medio de esa incertidumbre y del temor que dejan los golpes imprevistos, Jesús se acerca caminando sobre las aguas y sobre el caos. No es una figura lejana que observa desde la orilla; es alguien que sale a nuestro encuentro precisamente allí donde la tierra tiembla y la prueba parece abrumarnos. Sin embargo, la reacción inicial suele ser el miedo y la confusión ante lo desconocido. Cuántas veces nos pasa lo mismo: ante la emergencia, lo primero que experimentamos es la vulnerabilidad de nuestras propias estructuras.

Pero la voz de Jesús corta el ruido con una certeza absoluta: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!». Es la misma presencia que se manifiesta en cada circunstancia dura de nuestra existencia, recordándonos que no estamos solos a la deriva ni desamparados.

Entonces surge la figura de Pedro, impulsivo y deseoso de ir más allá. Le pide al Maestro que lo mande caminar sobre el agua hacia Él. Y Pedro lo logra; da los primeros pasos sobre lo imposible mientras mantiene sus ojos fijos en Jesús. Pero basta un instante de distracción, basta con que sienta la fuerza del viento y el peligro del entorno, para que comience a dudar y, con la duda, a hundirse.

Esta escena es un reflejo transparente de nuestro propio camino. Mientras nuestra confianza está puesta en el Señor, somos capaces de levantarnos y reconstruir, incluso tras el impacto más difícil. Pero en cuanto apartamos los ojos de Él para concentrarnos únicamente en los escombros, los temores y la tormenta, el peso de la realidad nos arrastra hacia abajo.

Y es ahí, justo cuando clamamos «¡Señor, sálvame!», donde se manifiesta la verdadera cercanía. Jesús no espera a que resolvamos todo solos ni nos reprocha nuestra fragilidad; inmediatamente extiende su mano y nos sostiene, levantándonos también a través de la solidaridad, la empatía y el apoyo mutuo que compartimos como hermanos.

Hoy el Señor nos invita a examinar dónde tenemos puesta la mirada. Las dificultades y los temblores de la vida van a seguir presentándose, porque forman parte del camino. Pero la diferencia entre hundirnos en la desesperación o caminar con esperanza radica en reconocer la presencia de Aquel que sale a nuestro encuentro, nos toma de la mano y nos devuelve la paz.

Que esta celebración renueve nuestra confianza. Que sepamos entregar nuestros miedos y permitir que su mano firme nos sostenga, hoy y siempre.

 

Dios es bueno.

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