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Parroquia "San José de Chacao"
Página Web Oficial del Complejo Parroquial "San José de Chacao" – Arquidiócesis de Caracas
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El Evangelio de hoy comienza con una imagen que nos resulta muy familiar en estos momentos: Jesús buscando un lugar apartado. Mateo nos dice que, al enterarse de una mala noticia, Jesús subió a una barca para irse a un sitio desierto. Él también sentía cansancio, dolor y la necesidad de procesar la realidad. Sin embargo, cuando desembarcó y vio a la multitud, no cerró la puerta, no miró para otro lado. El texto dice algo hermoso: «Sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos».
En estos días, tras el terremoto que ha sacudido a nuestra patria, muchos de nosotros nos hemos sentido exactamente así: abrumados, asustados, con ganas de un respiro entre tanto escombro, polvo e incertidumbre. La tierra tembló bajo nuestros pies y nos dejó al descubierto nuestra mayor fragilidad. Pero, al igual que Jesús, hemos visto cómo en medio del dolor no se ha impuesto el egoísmo, sino la mirada compasiva.
Llega la tarde y los discípulos —con una lógica totalmente humana y comprensible— le dicen a Jesús: «El lugar es desierto y la hora ya es tardía. Despacha a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida». ¿Cuántas veces no nos tienta esa misma lógica en momentos de crisis nacional? «No hay suficiente para todos.» «Que cada quien se las arregle como pueda.» «El problema nos supera, es demasiado grande.» Es una reacción normal ante el pánico. Cuando sentimos que la tierra tiembla y que las paredes se agrietan, el instinto nos dice que debemos salvaguardar solo lo nuestro.
Pero Jesús interrumpe ese pensamiento con una frase que retumba hoy con más fuerza que el mismo sismo: ‘No tienen necesidad de irse; denles ustedes de comer». Jesús no niega la realidad del desierto ni la falta de recursos. Lo que hace es cambiar la perspectiva: el problema no se resuelve despachando al otro, sino abrazándolo.
La respuesta de los discípulos es casi desesperada: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». ¿Qué es eso para tanta gente? ¿Qué son un par de bolsas de comida, un bote de agua o unas palabras de aliento ante una catástrofe que ha afectado a tantas familias?
A veces sentimos que nuestra ayuda es insignificante ante la magnitud del desastre. Pero la magia del Evangelio —y la grandeza de nuestro pueblo— ocurre justamente ahí. Jesús dice: «Traiganlos acá». Él no necesitó hacer aparecer comida del aire; tomó lo poco que la gente estaba dispuesta a compartir, miró al cielo, pronunció la bendición y lo multiplicó.
En estos días difíciles en Venezuela, hemos visto este mismo milagro multiplicado en cada rincón: En el vecino, que compartió su tanque de agua cuando se cortó el servicio. En los jóvenes y voluntarios que están removiendo escombros o acopiando ropa y medicinas. En la madre que, teniendo poco en la despensa, preparó un plato de sopa caliente para quienes se quedaron sin techo. Eso son nuestros «cinco panes y dos peces». Cuando la solidaridad se pone sobre la mesa, la escasez pierde su poder.
Hermanos, la tierra tembló, sí. Las estructuras se agrietaron y el miedo nos encogió el corazón. Pero hay algo que el terremoto no pudo ni podrá derrumbar: la dignidad, la fe y la fraternidad de este pueblo. Al final del relato, Mateo nos dice que «comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobrantes». Dios no solo ayuda a salir del paso; Dios abunda en gracia cuando aprendemos a compartir la vida.
Hoy Jesús no nos pide que tengamos todas las respuestas ni que reconstruyamos todo en un solo día. Solo nos pide que no cerremos el corazón, que no despachemos al hermano que sufre y que pongamos en sus manos lo poco o mucho que tenemos: nuestro tiempo, nuestra ayuda material, nuestra oración y nuestro abrazo sincero.
Que la Virgen de Coromoto, patrona de nuestra patria, cubra con su manto a las familias golpeadas por esta emergencia, dé descanso a quienes partieron y fuerces a los equipos de rescate. Reconstruyamos, no solo con cemento y ladrillos, sino con el amor que multiplica la esperanza.
Dios es bueno.