DOMINGO V DE CUARESMA

El relato del Evangelio según san Juan sobre la resurrección de Lázaro constituye el signo culminante del ministerio público de Jesús, presentándose no solo como un milagro de reanimación física, sino como la revelación definitiva de su identidad divina como la Resurrección y la Vida. Esta narrativa se sitúa en el umbral de la Pasión, sirviendo como un puente teológico que prepara al creyente para comprender que el poder de Cristo no se limita a la curación de enfermedades, sino que tiene autoridad absoluta sobre la finitud humana.

El evangelio comienza con una tensión profunda entre el amor de Jesús por la familia de Betania y su decisión de demorar su llegada dos días adicionales tras conocer la enfermedad de su amigo. Esta aparente indiferencia subraya que el tiempo de la gracia no siempre coincide con la urgencia del cronómetro humano. Al permitir que la situación llegue al límite del «cuarto día», momento en que la cultura de la época consideraba que la corrupción era irreversible, Jesús asegura que el milagro no sea interpretado como una recuperación médica fortuita, sino como una intervención soberana que manifiesta la gloria de Dios.

Al llegar al escenario del duelo, Jesús se encuentra con las dos dimensiones fundamentales de la experiencia humana frente al misterio de la muerte. Por un lado, entabla un diálogo de fe razonada con Marta, a quien ofrece una sólida instrucción teológica sobre la vida eterna, exigiéndole una confesión de fe que trascienda la evidencia física. Por otro lado, se enfrenta al dolor sensible de María, ante el cual el Señor no responde con discursos, sino con la conmoción de su propio llanto. De este modo, Cristo valida la sacralidad del sentimiento humano y muestra a un Dios que se hace vulnerable y empático ante el sufrimiento de sus amigos.

El milagro se desarrolla mediante una sinergia necesaria entre la acción divina y la colaboración del hombre, manifestada en mandatos concretos que involucran a los presentes. Jesús ordena primero quitar la piedra de la incredulidad y el miedo, pidiendo a la comunidad que haga lo que está a su alcance para preparar el terreno a lo imposible. Posteriormente, mediante el poder de su palabra creativa, llama a Lázaro por su nombre, rescatándolo del anonimato y el silencio del sepulcro para devolverle su lugar en la historia y en el afecto de los suyos.

Finalmente, el mandato de desatar al resucitado y dejarlo andar delega en la comunidad la misión permanente de acompañar el proceso de liberación de quienes han sido tocados por la gracia. La Iglesia aparece aquí como el espacio donde se ayudan a desprender las vendas del pasado, los estigmas de la culpa y los miedos que impiden caminar en la libertad de los hijos de Dios.

El evangelista nos recuerda que incluso en aquello que humanamente parece haber sucumbido a la corrupción y no tiene remedio, la palabra de Cristo tiene siempre la última palabra, transformando el sepulcro en un lugar de nuevo nacimiento.

¿Cuál es ese aspecto de mi historia personal que hoy «huele mal», ese rincón de mi existencia que he dado por perdido o que considero que ya no tiene remedio? ¿He permitido que el hedor del resentimiento, de la culpa o de un pecado recurrente me convenza de que mi lugar definitivo es el sepulcro y no la luz del sol? ¿Qué nombre tiene hoy la «piedra» que he colocado a la entrada de mi corazón para que nadie, ni siquiera el Señor, pueda asomarse a mis sombras por miedo a ser juzgado o por la comodidad de permanecer en la oscuridad?

¿Soy capaz de reconocer que, mientras yo espero un milagro, hay otros a mi alrededor que esperan que yo les ayude a «quitar su piedra» mediante un gesto de perdón o una palabra de aliento? ¿Cuántas veces he visto a un hermano caminar como un muerto en vida, atado por las vendas de la soledad, el vicio o la desesperanza, y me he limitado a observar desde lejos en lugar de acercarme a «desatarlo»? ¿Estoy dispuesto a ensuciarme las manos con la realidad del prójimo para que él pueda recuperar su libertad y volver a caminar con dignidad en medio de la comunidad?

Señor de la Vida, tú que no te detuviste ante el hedor de la tumba ni ante la pesadez de la losa, escucha hoy nuestro clamor desde lo profundo de nuestros sepulcros cotidianos. Te pedimos la humildad de reconocer nuestras propias corrupciones y la fe valiente para dejar que tu voz atraviese nuestros silencios, llamándonos por nuestro nombre hacia la luz. Danos la fuerza para abandonar las vendas que nos atan al pasado y la esperanza necesaria para creer que, contigo, nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo.

Concédenos también un corazón de discípulos que sepa colaborar con tu obra redentora en la vida de los demás. Haznos instrumentos valientes para remover las piedras que bloquean el camino de nuestros hermanos y danos manos tiernas para desatar los nudos que les impiden avanzar. Que no seamos jueces del «mal olor» ajeno, sino servidores de tu resurrección, para que juntos, liberados de nuestras mortajas, podamos caminar como una comunidad viva que anuncia que la muerte no tiene la última palabra. Amén.

Dios es bueno.

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