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Parroquia "San José de Chacao"
Página Web Oficial del Complejo Parroquial "San José de Chacao" – Arquidiócesis de Caracas
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Hermanos y hermanas.
Si nos detenemos a pensar por un momento en cómo funciona nuestro mundo, nos damos cuenta de que vivimos bajo la ley del mérito y de la balanza. Desde pequeños nos enseñan a calcular: el que más se esfuerza, más recibe; el que trabaja más horas, gana un mejor salario; el que se porta bien, merece premio. Es la lógica humana, la contabilidad de la justicia estricta donde cada quien tiene lo suyo según su esfuerzo.
Sin embargo, hoy el Evangelio nos sacude con una parábola desconcertante. Jesús nos presenta a un amo que sale a contratar jornaleros a distintas horas del día: al amanecer, a mediodía, a la tarde y prácticamente al caer la noche, a última hora. Y lo más escandaloso ocurre al final de la jornada: a todos les paga exactamente lo mismo, un denario. Tanto al que cargó con el peso y el bochorno de las doce horas bajo el sol, como al que apenas trabajó una hora antes de que oscureciera.
Ante esto, es muy fácil que se nos escape la misma queja de los primeros obreros: «¡No es justo!» ¿Cómo va a valer lo mismo el esfuerzo de todo un día que el de unos pocos minutos?
Pero es aquí donde el Señor nos interrumpe con suavidad y nos dice a través del profeta Isaías: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos».
Hermanos, la matemática de Dios no se basa en la balanza de los méritos, sino en el desborde de su misericordia. El dueño de la viña no sale a la plaza buscando solamente rendimiento económico; sale porque no soporta ver gente desocupada, triste o marginada. Sale a buscar a los que nadie más quería, a los que quizás habían perdido la esperanza de llevar un pan a su casa ese día. El pago idéntico no es una injusticia con los primeros, ¡es un acto de inmensa generosidad con los últimos! El amo quiere que todos tengan lo necesario para vivir con dignidad.
¿Cuántas veces nosotros, sin darnos cuenta, nos comportamos como aquellos obreros que murmuran? A veces miramos la vida de fe y de Iglesia con recelo. Nos comparamos: «Yo llevo años sirviendo, yo nunca he fallado, yo me he sacrificado tanto… ¿y a este que acaba de llegar, que se ha equivocado tanto en la vida, Dios lo trata con la misma ternura y le perdonan igual?»
Cuando pensamos así, se nos cuela la envidia en el corazón. Nos molesta que la bondad de Dios sea tan grande. Nos cuesta aceptar que el amor no se compra ni se gana a base de horas extras; el amor es siempre un regalo gratuito.
Jesús nos hoy nos invita a cambiar la mirada. Nadie en esta comunidad está aquí por sus propios méritos; estamos aquí porque Dios, en su infinita misericordia, salió a buscarnos a la plaza de nuestra vida cuando estábamos perdidos, cansados o vacíos, y nos dijo: «Ven también tú a mi viña».
No importa en qué momento de tu vida espiritual te encuentres hoy. Quizás sientas que llevas una vida entera caminando junto al Señor, o tal vez sientas que llegas a última hora, cansado, con el alma rota, sintiendo que ya es muy tarde para enderezar el rumbo. El mensaje de este domingo es claro: para Dios nunca es tarde. Su corazón no margina a nadie. Él no te mira midiendo tus faltas del pasado, te mira con ganas de regalarte su paz, su gracia y su salvación completa.
Que la Eucaristía que hoy celebramos nos cure de toda mirada mezquina y nos llene de gratitud. Que en lugar de envidiar la gracia que otros reciben, sepamos alegrarnos de que Dios sea tan bueno con todos. Y que, al salir por estas puertas hacia nuestras casas y trabajos, seamos reflejo de esa misma generosidad, sabiendo tender la mano sin calcular, perdonando sin condiciones y amando como Él nos ama.
Dios es bueno.