Eucaristía en sufragio por las victimas del terremoto

El Evangelio de la resurrección de Lázaro nos sitúa hoy en un escenario que, lamentablemente, conocemos demasiado bien en estos días. Nos traslada a Betania, una comunidad golpeada por la tragedia, envuelta en el polvo del dolor y quebrantada por la pérdida. Allí están Marta y María, llorando a su hermano en medio de la desolación.

Hoy, nuestra propia tierra venezolana se ha convertido en esa Betania. Tras el impacto de este doble terremoto que ha sacudido no solo nuestras estructuras, sino lo más sagrado de nuestras vidas —nuestras familias, nuestros amigos, nuestros vecinos—, nos encontramos con el corazón agrietado. Ante la magnitud de tanto sufrimiento y ante los espacios vacíos que nos ha dejado esta catástrofe, nos damos cuenta de que no hay palabras suficientes, solo un silencio que sabe llorar. Es el dolor profundo, desgarrándonos por dentro ante la realidad de un abrazo que ya no volverá.

En medio de una tragedia así, es natural que brote la misma queja dolorida de Marta: «Señor, si hubieras estado aquí…». Sin embargo, la respuesta de Jesús no es un discurso lejano. Frente a la tumba, frente al sufrimiento humano, Dios no permanece indiferente: Jesús llora. Jesús se conmueve con el dolor de Venezuela. Él está con el que busca entre los escombros, con el que espera una noticia, con el que ha tenido que despedir a un ser querido en la más absoluta impotencia. En medio de este luto colectivo, nuestra oración más sincera es: «Señor, sostén mis manos que me tiemblan, las mismas manos que aprendieron a soltar». Porque nos ha tocado soltar demasiado y muy rápido.

Pero la palabra de Cristo se planta con fuerza frente a nuestras ruinas. «Yo soy la resurrección y la vida», nos dice hoy. Él no ha venido a evitar que la tierra tiemble, sino a sostenernos para que nuestras almas no se derrumben.

Cuando la distancia entre la tierra y el cielo parece abrirse con la fuerza de un abismo, la fe nos recuerda que el amor no muere con la ausencia; en el Señor comienza la eternidad. Y es precisamente en esa eternidad donde nuestras almas rotas encuentran un canal de conexión.

Hoy, con las heridas aún abiertas, elevamos al cielo el grito y la súplica de todo un pueblo: «Abrázalos por mí, cuando los veas en el cielo, diles que aquí jamás los olvidaré» .

Qué bálsamo tan grande para el alma herida saber que aquellos que perdimos de manera tan trágica e inesperada no quedaron atrapados en el olvido ni en la oscuridad. Ese «abrázalos por mí» es nuestra certeza de que Jesús ya los ha recibido con Su amor infinito. Él abraza a nuestros familiares y amigos por nosotros; les susurra al oído que aquí los recordamos con cada latido, con cada respiro, y que su partida no es el final de su historia.

Hermanos, caminamos hoy con el pecho abierto, vulnerables, asustados por las réplicas y cansados por la incertidumbre. Pero el Evangelio de Lázaro nos grita que la muerte no es el final del camino. La última palabra en Venezuela no la tendrán las ruinas, ni el luto, ni el dolor; la última palabra la tiene la Vida que vence a la muerte, la última palabra es de Dios.

Mientras nos toca sostenernos los unos a los otros, le pedimos al Señor que hagas de nuestras lágrimas una oración. Que cada gota derramada por las víctimas de esta tragedia sea una semilla de esperanza y de solidaridad para levantar nuestro país, este país que está consagrado al Santísimo Sacramento.

Quédate Señor, con quien siente que ya no puede continuar, sana los corazones heridos y enséñanos a confiar… aunque todavía duela. Al comulgar hoy, sintámonos estrechados en ese abrazo divino que une la tierra con el cielo, sabiendo que en cada paso de esta reconstrucción, Él estará siempre.

Dios es bueno

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