LUNES SANTO

El silencio y la mirada

El pretorio de Pilato no es solo un lugar físico; es el escenario donde la «experticia» humana en el dolor se encuentra con la mansedumbre infinita de Dios.Allí, los guardias romanos, profesionales del sufrimiento, descargan el flagrum sobre la espalda del Maestro. Cada golpe está calculado para deshumanizar, para convertir el cuerpo en un mapa de llagas y sangre. En ese rincón oscuro, se cumple el cántico de Isaías: contemplamos al hombre que ha sido convertido en el «desecho de los hombres», aquel ante quien se vuelve el rostro, el cordero que es llevado al matadero sin abrir la boca.

En medio del estruendo de los latigazos y las burlas, emerge el centro de este misterio: Su mirada. Jesús no mira el látigo, ni a sus verdugos con odio. Sus ojos, empañados por la sangre que baja de su frente, buscan algo más profundo. Es una mirada sacerdotal. En la columna, Jesús no es solo una víctima pasiva; es el Sacerdote que se ofrece a sí mismo. Sus ojos actúan como un espejo de nuestra propia verdad: al sostenerle la mirada, no encontramos reproche, sino una revelación de nuestra dignidad. Él está allí, dejándose romper, porque en su pupila nosotros valemos toda su sangre. Es la mirada que busca a Pedro tras la negación y que hoy nos busca a nosotros en nuestras propias traiciones, no para hundirnos, sino para rescatarnos desde el fondo de nuestro abismo.

A menudo pensamos que a Jesús lo sujetaron las sogas de los soldados, pero la realidad es más punzante. Lo que realmente amarra a Jesús en nuestra vida hoy son nuestras propias resistencias: El nudo de mi comodidad: Cuando lo ato a un horario de domingo, diciéndole que no se meta en mis negocios, en mi descanso o en mis afectos. La cuerda del miedo: Cuando lo mantengo cautivo en mi interior por temor al «qué dirán», negándole la libertad de actuar a través de mi testimonio público.

Cuando pretendo que Él me libere de mis deudas mientras yo mantengo atados a mis hermanos con el rencor. Cada vez que contemplamos sus heridas, debemos preguntarnos con qué «ensañamiento» flagelamos hoy su cuerpo místico: Lo flagelamos con la indiferencia, ese golpe seco que ignora el dolor del prójimo que sufre a nuestro lado. Lo golpeamos con la crítica y el juicio, palabras que desgarran la fama del hermano como los trozos de hueso del látigo romano desgarraban su piel. Lo herimos con nuestra incoherencia, doblando la rodilla ante el altar para luego actuar con soberbia y egoísmo en el mundo.

Jesús en la columna es el Dios que acepta ser «desechado» para que nadie, por muy roto que se sienta, se sienta jamás solo. Al final de esta reflexión, solo queda el silencio y ese cruce de miradas. Esa mirada en la columna es el recordatorio de que nada de lo que hagamos puede hacer que Él deje de mirarnos con amor. Sus párpados pueden estar pesados por la sangre y el dolor, pero su visión del corazón humano es más clara que nunca.

Dios es bueno

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