MARTES SANTO

El Dios que se «achica»

La humildad de Jesús no es falta de carácter, sino exceso de amor. San Pablo lo describe magistralmente con el término kenosis (vaciarse). El Verbo por quien todo fue hecho elige la fragilidad de un bebé y la desnudez de un ajusticiado. Jesús nos enseña que la verdadera grandeza no consiste en subir peldaños de poder, sino en bajar para lavar los pies de los demás. Santa Teresa de Ávila decía que «la humildad es andar en verdad». Jesús es humilde porque no necesita aparentar; conoce su filiación divina y, precisamente por eso, puede hacerse esclavo. No busca el aplauso, busca el encuentro.

La palabra «paciencia» proviene del latín pati, que significa sufrir o soportar. La paciencia de Jesús es su capacidad de darle tiempo al tiempo del hombre. Jesús es paciente con la torpeza de los apóstoles, con la traición de Judas y con las negaciones de Pedro. No nos descarta por nuestros errores; nos espera en nuestras debilidades. Durante su pasión, la paciencia de Jesús alcanza su cima. Frente a las burlas y los azotes, su silencio no es debilidad, sino una fuerza contenida que rompe el ciclo del odio. Él prefiere sufrir el mal antes que multiplicarlo.

Jesús nos hace una invitación única en el Evangelio: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). La mansedumbre no es pasividad; es el dominio de la fuerza por el amor. Un caballo fogoso es manso cuando su gran energía está canalizada para el bien. Jesús canaliza todo su poder divino hacia la redención, nunca hacia la venganza.

Vivir como Jesús humilde y paciente hoy significa: Aceptar nuestra propia fragilidad: Dejar de pretender que somos perfectos y permitir que la gracia actúe en nuestras grietas. Respetar los procesos ajenos: No exigir cambios inmediatos en los demás cuando Dios ha sido tan paciente con nosotros. Servir sin ruido: Buscar la eficacia del grano de trigo que muere en lo escondido para dar mucho fruto.

Contemplar a Jesús humilde y paciente es mirarnos en un espejo que no nos juzga, sino que nos transforma. Él no nos pide que seamos fuertes, sino que seamos dóciles a su Espíritu, para que nuestra dureza de corazón se disuelva en la ternura de su entrega.

Dios es bueno.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *