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Parroquia "San José de Chacao"
Página Web Oficial del Complejo Parroquial "San José de Chacao" – Arquidiócesis de Caracas
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Al entrar en el templo un Miércoles Santo, lo primero que nos golpea no es la madera tallada, sino la mirada. Es la mirada del Varón de Dolores que describió Isaías hace milenios y que hoy, en Venezuela, tiene nombre y apellido: el Nazareno.
No es una imagen para ser observada; es un espejo para ser habitado. Isaías dice que «no tenía apariencia ni presencia». Fue un hombre desfigurado por el dolor. Si miramos profundamente al Nazareno de San Pablo, o al de cualquier pueblo del interior de nuestro país, vemos esa misma fragilidad.
Cristo en el Miércoles Santo no es el «Pantocrátor» todopoderoso; es el Dios que se ha vuelto pequeño, cansado y sudoroso. Es el Dios que se parece al padre de familia que camina kilómetros porque no hay transporte, a la madre que estira el milagro para dar de comer, al joven que se despide en la frontera con una maleta llena de miedos. El Varón de Dolores no es un extraño para Venezuela; es el vecino más cercano. Esa herida de Cristo donde se apoya el madero es donde nosotros depositamos nuestras peticiones.
El silencio del camino: A diferencia de la algarabía del Domingo de Ramos, el Miércoles Santo es de un silencio que grita. Es el silencio del que ya no tiene palabras para pedir, porque sabe que Dios ya lo sabe todo. Cristo lleva la cruz no como un trofeo, sino como un puente. Cada paso que da sobre el asfalto caliente de nuestras ciudades es una promesa: «Yo no te miro desde el cielo, yo camino el polvo contigo».
Recordar los limones del Nazareno no es solo un dato histórico. Es una metáfora teológica profunda. En medio de la peste (el dolor, la escasez, la soledad), Dios utiliza lo agrio (el limón, el sufrimiento) para traer la sanación.
«Por sus llagas hemos sido curados.» No dice que fuimos curados por sus milagros, sino por sus heridas. Esto nos dice que nuestro propio dolor, cuando se une al de Él, deja de ser basura y se convierte en medicina. Nuestro cansancio venezolano, unido al suyo, tiene poder redentor.
Al terminar la procesión, el Nazareno regresa al templo, pero nosotros volvemos a casa. Sin embargo, no volvemos igual. Ser devoto del Nazareno significa entender que la cruz no tiene la última palabra. El Varón de Dolores es el que acepta la oscuridad del miércoles porque sabe que el domingo la tumba estará vacía.
Hoy, hermano, hermana, si sientes que la cruz te dobla la espalda, si sientes que eres ese «desecho de los hombres» del que habla el profeta, mira al Nazareno. Él no te pide que seas fuerte; Él te pide que le permitas caminar a tu lado. En Venezuela, el Miércoles Santo es el día en que Dios nos dice al oído: «Sé lo que sientes, porque yo también lo llevo a cuestas».
¿Qué peso o qué «cruz» sientes que necesitas entregarle hoy al Nazareno para que Él te ayude a llevarla?
Dios es bueno.