LA CASA SOBRE LA ROCA, Jueves I Semana de Adviento

«Muéstrame, Señor, tus caminos, adiéstrame en tus sendas» (Ps 25, 4).

1.—El camino que conduce a la santidad y, por consiguiente, a Dios, no puede ser trazado sino por el mismo Dios, por su voluntad. Ya lo proclamó Jesús: «No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos; ése entrará en el reino de los cielos» (Mt 7, 21). Y para dar a entender que las almas más unidas a él y de él más amadas son precisamente aquellas que cumplen la voluntad de Dios, añadió: «Quienquiera que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi her­mano y mi hermana y mi madre» (Mt 12, 50).

En esta escuela de Jesús se inspiraron los Santos. Santa Teresa de Ávila, después de haber experimentado las más sublimes comunicaciones místicas, no duda en afirmar: «En lo que está la suma perfección, claro está que no en regalos interiores, ni en grandes arrobamientos ni visiones, ni en espíritu de profecía, sino en estar nuestra voluntad tan conforme con la de Dios, que ninguna cosa entendamos que quiere, que no la queramos con toda nuestra voluntad, y tan alegremente tomemos lo sabroso como lo amargo, entendiendo que lo quiere Su Majestad» (Fundaciones 5, 10). Y Santa Teresa del Niño Jesús se hace eco de esta doctrina diciendo: «La perfección consiste en cumplir la voluntad de Dios, en ser lo que él quiere que seamos» (Manuscrito «A»; 1, 2).

El verdadero amor de Dios consiste en conformar­nos perfectamente con su santa voluntad, no querien­do hacer ni ser en la vida sino lo que el Señor quiere de cada uno de nosotros, llegando de esta manera a convertirnos, por decirlo así, en «una vo­luntad viviente de Dios». Considerada bajo esta luz, la santidad es posible a cualquier alma de buena volun­tad; y hasta puede muy bien darse el caso de que un alma que lleva una vida humilde y oculta, se con­forme con la voluntad divina con tanta y quizá mayor perfección que el «grande» santo que ha recibido de Dios una misión externa y ha sido enriquecido con gracias místicas. Tanto más perfecta será un alma, cuanto más al detalle cumpla y se goce en cumplir la voluntad del Señor.

2.— «Aquel que escucha mis palabras y las pone por obra —dice Jesús— será como el varón prudente, que edifica su casa sobre roca. Cayó la lluvia, vinie­ron los torrentes, soplaron los vientos y dieron sobre la casa, pero no cayó, porque estaba fundada sobre roca» (Mt 7, 24-25). La voluntad de Dios revelada en la Sagrada Escritura y especialmente en los mandamien­tos divinos, y manifestada en las disposiciones con­cretas de la Providencia que rige y gobierna toda la vida del hombre, es la roca firme y segura sobre la cual debe alzarse el edificio de la santidad cristiana. Sobre esta única base, podrá levantarse alto y seguro sin peligro de derrumbarse, no obstante el furor de los temporales.

Quien aspira a la santidad debe guardarse siempre de la tentación de hacerse santo a su propio modo, según sus planes, gustos y modos de ver personales. Esto sería un contrasentido. Solamente Dios, que es el único santo y el solo que puede santificar al hom­bre, es quien conoce lo que más conviene a nuestra santificación. El único camino que lleva infaliblemente a la santidad es el marcado por Dios. Por eso, para no trabajar en vano, la condición primera e indispen­sable es abandonarse completamente a la voluntad de Dios y dejarse llevar por él con absoluta docilidad.

San Juan de la Cruz enseña que la unión perfecta con Dios, y por lo tanto la santidad, «consiste en tener el alma según la voluntad con total transforma­ción en la voluntad de Dios, de manera que no haya en ella cosa contraria a la voluntad de Dios, sino que en todo y por todo su movimiento sea vo­luntad solamente de Dios» (Subida I, 11, 2). Se trata de una transformación en virtud del amor, de modo que el hombre ya no quiere ni busca ni desea ni obra sino la voluntad de Dios, amado por encima de todas las cosas y de sí mismo. Pues el amor conduce a un mismo querer y no querer, a la identidad de afectos, de deseos, de ideales y de acción.

Y cuando el cristiano procura, con la gracia de Dios, conformarse del todo con la voluntad divina, esta misma voluntad lo santifica, haciéndolo capaz de una adhesión a ella cada vez más completa, que se ira convirtiendo en total conformidad al divino querer. Estos son los hombres en que Dios se complace y que Isaías preconizaba como los únicos dignos de entrar en la Jerusalén renovada: «Entre un pueblo jus­to, que se mantiene fiel» (Is 26, 2).

Enséñame, ¡oh Señor!, no sólo lo que quieres de mí, sino también lo que tú eres, porque cuanto más te cono­ceré, tanto más te amaré, y amarte es mi primer deber, lo que tú sobre todo exiges de mí, y mi mayor necesidad… Y con la luz dame también la fuerza para seguirla, ¡oh Dios mío!, porque no basta amarte y conocer tu voluntad, sino que es necesario tener la fuerza de servirte con las obras y cumplir todo lo que quieres de mí…

Cúrame, Señor, que soy ciego, y no veo tu voluntad ni conozco en mil cosas lo que deseas de mí; no veo tu belleza y así no te amo como debiera… Alumbra mis ojos, Dios mío, cura mi ceguera, hazme ver tu voluntad y tu belleza… Soy también cojo. Dios mío; fortalece mis débiles pies, pues no tengo fuerza para ir a ti cuando tú me llamas, para caminar en tus sendas, para hacer lo que tú me haces ver, para cumplir tu voluntad cuando me la das a conocer; yo arrastro el pie y cojeo miserablemente mientras te sigo… ¡Oh Dios mío!, cúrame de esta cojera, haz que yo te siga al olor de tus perfumes, en vez de arrastrarme cojeando en pos tuyo.

¡Oh Dios mío!, ayúdame y dame la fuerza de llevar tu cruz y de seguirte, cumpliendo todo lo que quieres de mí… Y luego haz que yo te adore con todas las fuerzas de mi corazón…, haz que yo me consuma y me sumerja en tu adoración, ¡oh mi amado Señor! Estas son las gracias que derramas a manos llenas en torno tuyo; haz que yo participe abundantemente de ellas. Bien conoces tú; ¡oh Dios mío!, cuánta necesidad tiene de ellas este pobre siervo tuyo, tan ciego, tan impedido para caminar, y tan frío. (CARLOS DE FOUCOULD, Sur les fétes de l’année, 4 avril [Oeuvres, Paris, Seuil, 1958]).

Tomado del Libro INTIMIDAD DIVINA, Meditaciones sobre la vida interior
para el Adviento y la Navidad, del P Gabriel de Santa María Magdalena O.C.D.

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