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Parroquia "San José de Chacao"
Página Web Oficial del Complejo Parroquial "San José de Chacao" – Arquidiócesis de Caracas
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Hoy marcamos un momento precioso y significativo en nuestro calendario litúrgico: el inicio del Adviento. La luz de la primera vela, que hemos encendido, nos recuerda que la venida del Señor es cierta y está cerca. Adviento significa, literalmente, «venida» o «llegada». Es un tiempo de alegre y vigilante espera.
Es importante, al iniciar este camino, diferenciarlo de otro gran tiempo de preparación que vivimos en la Iglesia: la Cuaresma.
La Cuaresma es la preparación para la Pascua. Su atmósfera es de penitencia, conversión y duelo por el pecado, que culmina en la Pasión y Muerte de Jesús. Su color litúrgico es el morado, signo de austeridad. Es un tiempo para acompañar a Cristo al Calvario.
El Adviento, si bien también tiene el color morado (indicando sobriedad y vigilancia), es la preparación para la Navidad. Su atmósfera es de gozosa esperanza, expectación mesiánica y alegría inminente. Es un tiempo para salir al encuentro del Señor que viene a nacer entre nosotros. El enfoque no está tanto en el sacrificio, sino en la vigilancia activa y la alegría de la promesa.
La Cuaresma nos pide morir al yo para resucitar con Cristo; el Adviento nos pide despertar para recibir a Cristo que viene.
En nuestra amada Venezuela, el inicio de la Navidad es un asunto serio y muy hermoso. Es una tradición que preparar la casa es el signo exterior de que la Navidad está por llegar. Las familias se disponen a sacar lo viejo, a «botar lo que estorba», a ordenar, a pintar, a limpiar de arriba abajo. Se renuevan los espacios, se desempolvan las luces, y se busca el lugar perfecto donde estará el arbolito y, sobre todo, el pesebre o nacimiento, el centro de nuestra fe. Cuando todo esto pasa, podemos decir con propiedad: ¡Ya huele a Navidad en la casa!
Pero, hermanos, el Adviento nos llama a preguntarnos: ¿Cómo estamos preparando el pesebre de nuestro corazón?
El Señor no pide nacer en una casa recién pintada y pulcra, sino en un corazón ordenado para Él. Siguiendo el hermoso paralelismo de nuestras tradiciones, ¿qué cosas viejas y qué estorbos debemos sacar de nuestro interior?
Sacar el Rencor y el Resentimiento, Son como los trastos viejos que ocupan espacio y atraen el polvo. El Niño Dios no puede nacer donde hay una pared levantada por el odio o el dolor no perdonado. Saquemos el rencor y abramos el espacio a la misericordia.
Sacar la Pereza Espiritual (La Flojera), El Adviento es tiempo de vigilancia. La pereza nos hace dormir, nos distrae con banalidades y nos impide ver la estrella que anuncia la llegada. Saquemos la comodidad y encendamos la llama de la oración constante.
Sacar el Exceso de Materialismo y Egoísmo, Si la Navidad se vuelve solo un intercambio de regalos y deudas, el verdadero Regalo, que es Jesús, queda relegado. Saquemos el «yo, mi, me, conmigo» y abramos la puerta a la caridad, la solidaridad y el servicio al prójimo.
Pintar con la Alegría y la Esperanza, Así como pintamos las paredes, nuestro corazón debe ser embellecido con el color de la virtud. Revestimos nuestro ser con la alegría de la Buena Nueva y la firme esperanza de que Dios cumple sus promesas.
Hermanos, el mensaje de hoy es claro, La preparación exterior de la casa debe ser un reflejo de la preparación interior de nuestro corazón.
Si hacemos este ejercicio de «limpieza y renovación espiritual», si logramos botar esos viejos hábitos que nos alejan de Dios y encendemos la luz de la vigilancia y la caridad, entonces, y solo entonces, podremos decir con una profunda certeza.
«En mi vida, ya no solo hay olor a hallaca, a pino o a estrenos… en mi vida, ¡ya huele a Navidad!»
Porque la verdadera fragancia de la Navidad no es la de las fiestas, sino la de un corazón humilde, limpio y dispuesto a recibir a Cristo.
Que la Virgen María, la primera en vivir el Adviento, nos enseñe a esperar con paciencia y alegría, el nacimiento del Niño Dios,
¡Amén!
Dios es bueno.