DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo A

Las Bienaventuranzas no es llamado al conformismo, es mirar al cielo con los pies en la tierra. 

Queridos hermanos y hermanas, a menudo leemos las Bienaventuranzas, como si fueran un manual de resignación. Hemos caído en la trampa de pensar que Jesús nos está pidiendo que agachemos la cabeza, que aceptemos la injusticia con un suspiro y que esperemos, casi con amargura, a que la muerte nos lleve a un lugar mejor.

Pero nada está más lejos de la realidad. Las Bienaventuranzas no son un consuelo para conformistas; son el manifiesto de una mirada nueva. El Cielo no es una evasión, es un horizonte. Cuando Jesús dice «porque de ellos es el Reino de los Cielos», no está lanzando una promesa para un futuro remoto para que nos olvidemos del presente. Al contrario, está trayendo el Cielo a la tierra.

Mirar al Cielo no es ignorar el suelo que pisamos. Es como el navegante que mira las estrellas: no las mira para marcharse de este mundo, sino para saber hacia dónde dirigir su barco aquí y ahora. El «pobre de espíritu» no es el que se conforma con la miseria, sino el que sabe que nada en este mundo puede llenar su corazón, y por eso tiene la libertad absoluta para luchar por la justicia sin miedo a perder sus seguridades materiales.

Fijémonos en los verbos. Jesús dice: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia». El hambre y la sed son las sensaciones menos «conformistas» que existen. Nadie que tenga sed se queda sentado diciendo: «Qué bueno es tener sed». El sediento busca, se mueve, clama.

Ser bienaventurado es vivir con una insatisfacción santa. Es la mirada de quien sabe que este mundo, tal como está —lleno de guerra, egoísmo y descarte—, no es el diseño final de Dios. El cristiano no se conforma porque tiene la mirada puesta en el «Proyecto del Reino». Quien mira al Cielo tiene el estándar más alto de todos; por eso, cualquier injusticia en la tierra le resulta intolerable.

A veces confundimos la mansedumbre con la debilidad. Pero los «mansos» que poseerán la tierra son aquellos que han dominado su propia violencia para poner su fuerza al servicio del bien. El conformista dice: «Así son las cosas, no se puede hacer nada». El bienaventurado dice: «Así no es como Dios lo soñó, por lo tanto, voy a trabajar para cambiarlo».

Nuestra esperanza no es una espera pasiva, es una esperanza militante. Miramos al Cielo para recordar nuestra verdadera dignidad: somos hijos de Dios. Y un hijo de Dios no puede permitir que sus hermanos vivan sin dignidad.

Hermanos, no permitamos que nos roben la fuerza de las Bienaventuranzas convirtiéndolas en una «poesía del sufrimiento». Son un llamado a la acción.

Bienaventurado eres tú si, mirando al Cielo, te das cuenta de que tienes manos para construirlo hoy. Bienaventurado si tu fe no es un refugio para no ver el dolor del mundo, sino una luz que te obliga a entrar en él para sanarlo. Que nuestra meta sea el Cielo, pero que nuestro camino sea una transformación constante de este mundo, porque el Reino ya está entre nosotros.

Dios es bueno.

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