DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO

Los justos brillarán como un sol

Queridos hermanos y hermanas:

Escuchando el Evangelio de hoy, es imposible que las palabras de los criados no resuenen con un dolor desgarrador en medio de lo que estamos viviendo hoy en nuestra patria. Al ver el campo destrozado, lleno de maleza, los criados van corriendo hacia el dueño y le preguntan con el corazón en la mano: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que está así?».

Es la misma pregunta que, con lágrimas en los ojos, brota de nuestros labios en Venezuela en este momento. Miramos a nuestro alrededor y vemos las secuelas de estos dos terremotos que nos han golpeado el alma. Vemos la muerte de tanta gente inocente, de vecinos, de hermanos; vemos el esfuerzo de vidas enteras convertido en escombros con la pérdida de nuestras viviendas; vemos nuestras instituciones, nuestros colegios, agrietados o caídos. Y con el corazón roto le preguntamos a Dios: «Señor, si tú nos amas, ¿por qué este dolor? ¿Por qué esta ruina? ¿Por qué se nos mueve el suelo bajo los pies?».

La respuesta de Jesús en la parábola no es una explicación fría, es un baño de realismo y, sobre todo, una guía para saber dónde pararnos en medio de la tragedia.

Cuando la desgracia golpea, la primera tentación es el desánimo, el pensar que el campo se ha perdido por completo, que la cizaña del dolor y de la destrucción lo ha inundado todo. Los criados querían desesperarse, querían actuar con violencia o rendirse. Pero el dueño del campo les dice: «No».

Hermanos, el terremoto sacude la tierra, tira las paredes de bloques y cemento, pero no puede derrumbar la buena semilla que Dios ha plantado en el corazón de este pueblo. Dios no envió el terremoto; Dios está sufriendo con nosotros en cada dolor, en cada pérdida. Su paciencia y su amor se manifiestan hoy en la capacidad que nos da para resistir. El suelo pudo haberse movido, pero nuestra fe y nuestra solidaridad tienen que permanecer firmes.

La cizaña hoy se viste de desesperanza, de miedo a réplicas, de la parálisis que da haberlo perdido todo. Pero el trigo sigue allí. El trigo está vivo en cada mano que se extiende para levantar un escombro, en cada palabra de aliento que nos damos, en cada plato de comida compartido entre familias que se quedaron sin techo.

Frente a la inmensidad de la destrucción, cuando miramos la magnitud de lo que hay que levantar —viviendas, escuelas, iglesias, la vida misma—, nos puede parecer que lo que hacemos es nada. Nos sentimos pequeños, como ese grano de mostaza del que habla Jesús, o como un puñado insignificante de levadura.

Pensamos, ¿Qué puedo hacer yo con mis manos ante tanta ruina?. Pero el Evangelio de hoy es una promesa de reconstrucción desde lo pequeño. El Reino de Dios no se levanta con magia, se levanta con la potencia de lo minúsculo.

Esa llamada para saber cómo está el vecino. Esa pequeña ayuda para apuntalar un techo. Esa fe terca de la comunidad que se organiza y dice: «Querer es poder, vamos a levantarnos».

Ese granito de mostaza, hermanos, es nuestra resiliencia. La levadura es nuestra capacidad de unirnos en la dificultad. No nos fijemos en lo gigante de la crisis; fijémonos en la fuerza del amor que le ponemos a cada pequeño gesto de reconstrucción. Si nos unimos como levadura en la masa, desde los escombros de hoy va a crecer un árbol fuerte donde todos volveremos a encontrar cobijo.

El Evangelio termina recordándonos que el mal, el dolor y la destrucción no tienen la última palabra. Habrá una justicia final, una restauración total. Aquellos inocentes que hoy lloramos, que partieron antes de tiempo por esta tragedia, no están perdidos en el olvido; la palabra de Dios nos promete hoy que «los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre» Ellos están en los brazos de un Dios que enjuaga cada lágrima

Para nosotros, los que nos quedamos aquí de pie frente a la tarea, la cosecha de hoy es la solidaridad. No somos jueces de la historia, somos sus reconstructores y sembradores. Nuestra misión hoy en Venezuela no es quedarnos llorando sobre las grietas, sino cuidar el trigo de la esperanza, reconstruir cada hogar con la fuerza de la comunidad y levantar nuestras instituciones sobre el cimiento más firme que existe: la fraternidad.

Pidámosle hoy al Señor, por intercesión de nuestra Madre, que console a las familias que sufren la pérdida de sus seres queridos, que nos dé fortaleza en las manos para levantar cada vivienda caída y que nos conceda la fe inquebrantable de saber que, aunque la tierra tiemble, el amor de Dios nos mantiene en pie.

Que así sea.

Dios es bueno.

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