DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO

Somos sus hijos predilectos

‎Hermanos, si miramos con atención las lecturas de hoy, nos vamos a encontrar con una imagen muy hermosa y cercana: Dios nos ve como su viña predilecta.

‎Imaginemos por un momento a un agricultor que cuida su tierra con toda el alma. Remueve la tierra, quita las piedras que estorban, pone una cerca para protegerla de los peligros y hasta construye una torre para vigilarla. Eso hace Dios con cada uno de nosotros. No nos ha dejado a la deriva ni al azar. En nuestra vida ha puesto detalles de amor inmensos: nuestra familia, los amigos que nos sostienen, los dones que tenemos, la fe que nos levanta en los momentos difíciles… Dios ha invertido lo mejor de su corazón en cuidarnos. Por eso, cuando el Señor espera de nosotros una respuesta, no nos está pidiendo cuentas como un jefe severo que exige un impuesto; nos está pidiendo simplemente que el amor que hemos recibido se note, que se convierta en buenos frutos en el día a día.‎

‎Pero la parábola del Evangelio nos deja también una pequeña llamada de atención con mucho cariño. Los trabajadores de la viña se olvidaron de quién era el dueño. Empezaron a actuar como si todo fuera suyo, como si pudieran hacer lo que quisieran sin rendir cuentas a nadie, y terminaron cerrando el corazón hasta rechazar al hijo del dueño. ¿No nos pasa a veces a nosotros? A veces nos metemos tanto en nuestras cosas, en las carreras del día a día, en los problemas o en la rutina, que arrinconamos a Dios. Vivimos como si Él no estuviera, o nos volvemos un poquito dueños absolutos de nuestra vida, olvidando que todo es un regalo. Cuando hacemos esto, la convivencia se vuelve más dura, nos cerramos al hermano y la alegría se va apagando.

‎La pregunta clave hoy es: ¿Qué frutos está sacando Dios de nuestra vida? Dios no nos pide cosas imposibles ni grandilocuencias. Los frutos que Él espera son muy concretos y de andar por casa: una palabra de aliento para el que está triste, un gesto de perdón en la familia cuando hay roces, la paciencia con la que atendemos a nuestros seres queridos, o la honestidad en nuestro trabajo y el compromiso sincero con los demás. Cada vez que elegimos el camino de la bondad, de la justicia y del respeto, estamos llenando la canasta de la viña del Señor con uvas hermosas y dulces.

‎¿Y cómo hacer esto sin cansarnos y sin vivir con ansiedad? San Pablo nos regala hoy un consejo precioso que parece escrito justo para el ritmo de vida que llevamos: «No se inquieten por nada; más bien, presenten sus peticiones a Dios en la oración y en la súplica, acompañadas de acción de gracias». Y nos invita a llenar nuestra mente y nuestro corazón de todo lo que es verdadero, amable, justo y puro.

‎Cuando dejamos que la paz de Dios gobierne nuestro interior, ya no hay espacio para el rencor ni para el desaliento, y nos volvemos personas que contagian esperanza.

Hermanos, que hoy le digamos al Señor con sinceridad: “Gracias por cuidarnos tanto. Ayúdanos a no desaprovechar tu gracia”. Que María, nuestra Madre, nos acompañe a ser tierra fértil, para que nuestra vida y nuestras comunidades den una cosecha abundante de amor, cercanía y fraternidad.

‎

‎Dios es bueno.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *