LA VIDA EN LA VOLUNTAD DE DIOS, Viernes I Semana de Adviento

«Señor, guíame en tu verdad y enséñame, porque tú eres mi Dios, mi Salvador» (Ps 25. 5).

1.— «Los sordos oirán aquel día…, los ciegos verán sin oscuridad y sin tinieblas» (Is 29; 18). Esta profecía de Isaías se cumplió plenamente con la ve­nida de Jesús, no sólo materialmente, sino sobre todo espiritualmente, pues dispuso el corazón de los hom­bres para escuchar la palabra de Dios y abrió sus ojos para reconocer sus caminos y su voluntad. El mundo de hoy tiene todavía necesidad de esta con­tinua iluminación. La invocación lastimera pero confiada de los dos ciegos de Jericó «Ten piedad de nosotros, Hijo de David» (Mt 9, 27) es siempre de actualidad, especialmente en el tiempo de Adviento, que es tiempo de renovada aspiración a la salvación y a la santidad. Es necesario que Jesús vuelva con­tinuamente a librar al hombre «de la oscuridad y de las tinieblas» que impiden descubrir y poner en prác­tica con perfección el divino querer.

La voluntad de Dios no sólo se manifiesta a través de determinados preceptos, sino que aparece también como escrita en las diversas circunstancias de la vida que originan para cada hombre deberes imprescindi­bles. Están en primer lugar los deberes del propio estado, que determinan para cada uno cómo debe portarse en la vida diaria, para estar continuamente en conformidad con el divino querer. Para el religioso son los deberes impuestos por la Regla abrazada y por la viva voz de los superiores; para el sacerdote, los exigidos por el ministerio de las almas; en comunión de mente y de acción con el obispo; para los seglares, las exigencias concretas de la vida de familia, de su profesión y del ambiente social en que viven. Siguen luego los deberes inherentes a otras situaciones dispuestas o por lo menos permitidas por Dios: salud o enfermedad, pobreza o riqueza, aridez o gusto espi­ritual, éxitos o fracasos, desgracias o consuelos. Todo me lo prepara y dosifica la mano paternal de Dios, que «hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman» (Rm 8, 28). Y en cada una de estas circunstancias Dios presenta a cada cristiano especia­les deberes de sumisión, de paciencia, de caridad, de actividad o de abnegación, de sacrificio, de genero­sidad. Siguiendo el camino del deber tenemos la seguridad de caminar en la voluntad de Dios y de crecer en su amor.

A fin de que la caridad crezca en el alma como una buena semilla y fructifique, debe cada uno de los fieles oír de buena gana la palabra de Dios [aún la tácita, incluida en las circunstancias de la vida] y cum­plir con las obras su voluntad con la ayuda de la gracia» (LG 42).

2.—«La santidad consiste, propia y exclusivamen­te, en la conformidad con el divino querer, manifes­tada en el constante y exacto cumplimiento de los deberes del propio estado» (Benedicto XV, AAS 1920, p. 173). La santidad no consiste en empresas extra­ordinarias, sino que se reduce a la línea del deber, y, por lo tanto, está al alcance de todos los hombres de buena voluntad. Pero el cumplimiento de las pro­pias obligaciones debe ser exacto y constante. Exacto: sin negligencias, solícito siempre por agradar a Dios en cada acción, dispuesto a abrazar con amor todas las expresiones de su voluntad. Constante: en todas las circunstancias y situaciones, aun en las menos felices y gratas, aun en los momentos oscuros de tristeza, cansancio y aridez; y esto día tras día. «Se necesita una virtud nada común para cumplir con exactitud, piedad y fervor íntimo, de espíritu, todo el conjunto de cosas comunes y ordinarias que cons­tituyen nuestra vida de cada día» (Pío XI, L’Osservatore Romano 7-8 enero 1928).

Este ejercicio será cada vez más fácil en la medida en que el cristiano sepa considerar a la luz de la fe todas las circunstancias de su vida,  acostum­brándose a ver en ellas las indicaciones de la volun­tad de Dios. Cuando una criatura que ama de verdad al Señor advierte que alguna cosa es querida por él, la acepta o la pone en práctica sin lugar a duda, por más que pueda costarle. Ciertos retrasos o resis­tencias en esta materia dependen, más que de falta de voluntad, de no ver o entender la voluntad de Dios. Sobre este punto tan importante nos debe ilu­minar el         espíritu de fe.

»Todos los fieles cristianos, en cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por medio de todo eso, se podrán santificar de día en día, con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre celestial» (LG 41). La fe nos hace pasar más allá de las vicisitudes terrenas y ver la mano de Dios que ordena y guía todas las cosas para la santificación de sus elegidos. Y a Dios nunca se le dice no.

«¡Buena estaría yo, Señor, si estuviera en mis manos el cumplirse vuestra voluntad o no! Ahora la mía os doy libremente, aunque al tiempo que no va libre de interés; porque ya tengo probado, y gran experiencia de ello, la ganancia que es dejar libremente mi voluntad en la vuestra…

Cúmplase, Señor, en mí vuestra voluntad de todos los modos y maneras que Vos, Señor mío, quisiereis. Si queréis con trabajos, dadme esfuerzo y vengan; si con perse­cuciones y enfermedades y deshonras y necesidades, aquí estoy, no volveré el rostro, Padre mío, ni es razón vuelva las espaldas…

¡Oh hermanas mías, qué fuerza tiene este don! No puede menos, si va con la determinación que ha de ir, de traer al Todopoderoso a ser uno con nuestra bajeza y transfor­marnos en sí y hacer una unión del Criador con la criatura…

Y mientras más se va entendiendo por las obras que no son palabras de  cumplimiento, más, más nos llega el Señor a sí y la levanta de todos las cosas de acá y de sí misma para habilitarla a recibir grandes mercedes, que no acaba de pagar en esta vida este servicio. En tanto le tiene, que ya nosotros no sabemos qué nos pedir, y Su Majestad nunca se cansa de dar; porque no contento con tener hecha esta alma una cosa consigo por haberla ya unido a al mismo, comienza a regalarse con ella, a descu­brirle secretos, a holgarse de que entienda lo que ha gana­do y que conozca algo de lo que le tiene por dar». (STA. TERESA DE JESUS, Camino).

Sí, Señor, hágase tu voluntad en la tierra, donde no existe placer ni mezcla de algún dolor, ni rosa sin espinas, ni  día sin        noche, ni primavera sin invierno; en la tierra, Señor, donde los consuelos son pocos, y los trabajos innu­merables; hágase tu voluntad, pero no sólo en la ejecución de tus mandamientos, consejos e inspiraciones que debemos practicar, sino también en el sufrimiento de las aflicciones y penas que debemos recibir, a fin de que tu voluntad haga para nosotros, por nosotros, en nosotros y de nosotros, todo aquello que  te plazca. (S. FRANCISCO DE SALES, Tratado del amor de Dios, IX,  1 BAC 127, p. 348).

Tomado del Libro INTIMIDAD DIVINA, Meditaciones sobre la vida interior
para el Adviento y la Navidad, del P Gabriel de Santa María Magdalena O.C.D.

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