Domingo IV de Adviento Ciclo B

«¡Oh Señor y guía de la casa de Israel… ven a salvarnos con el poder de tu brazo! (Leccionario).

La liturgia de la palabra nos presenta hoy una de las más importantes profecías mesiánicas y su cumpli­miento. El rey David deseaba construir una «casa», un templo al Señor; pero el Señor le hace decir por el profeta Natán que su voluntad es otra: que más bien Dios mismo se preocupará de la «casa» de David, es decir de prolongar Su descendencia; porque de ella de­berá nacer el Salvador. «Permanente será tu casa y tu reino para siempre ante mi rostro, y tu trono estable por la eternidad» (2 Sm 7 16). Muchas veces a través de las vicisitudes de la historia pareció que la estirpe davídica estuviese para extinguirse, pero Dios la salvó siempre, hasta que de ella tuvo origen «José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1, t6): a él «dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará… por los siglos, y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 32-33). Todo lo que Dios había prometido se cum­plió, a pesar de los avatares contrarios de la historia, de los pecados de los hombres y de las culpas e impiedad de los mismos sucesores de David. Dios es siempre fiel: «He hecho alianza con mi elegido, he jurado a David mi siervo… Yo guardaré con él eternamente mi piedad, y mi alianza con él será fiel» (Ps 89, 4. 29).

Paralela a la fidelidad de Dios la liturgia nos presenta la fidelidad de María, en quien se cumplieron las Escri­turas. Todo estaba previsto en el plan eterno de Dios y todo estaba ya dispuesto para la encarnación del Verbo en el seno de una virgen descendiente de la casa de David; pero en el momento en que este plan debía hacerse historia «el Padre de las misericordias quiso que precediera a la encarnación la aceptación por parte de la Madre predestinada» (LG 56). San Lucas refiere el diálogo sublime entre el ángel y María, que se concluye can la humilde e incondicionada aceptación por parte suya: «He Aquí a la sierva dial Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). El «hágase» de Dios creó de la nada todas las cosas; el «hágase» de María dio curso a la redención de todas las criaturas: María es el templo de la Nueva Alianza, inmensamente más precioso que el que David deseaba construir al Señor, templo vivo que en­cierra en sí no el arca santa, sino al Hijo de Dios. María es la fidelísima, abierta y totalmente disponible a la vo­luntad del Altísimo; y precisamente con el concurso de su fidelidad se actúa el misterio de la salvación univer­sal en Cristo Jesús.

San Pablo se exalta ante este misterio «tenido secreto en los tiempos eternos, pero manifestado ahora mediante los escritos proféticos, conforme a la disposición de Dios eterno, a todas las gentes» (Rm 16, 25-26); no reservado, pues, a la salvación de Israel sino ordenado a la salvación de todos los pueblos; y precisa que el fin de tal revelación es que todos los hombres «obedezcan a la fe» (ib. 26). Sólo la fe hace al hombre capaz de acoger en adoración el misterio de un Dios hecho hom­bre, y su fe debe modelarse a imitación de la de María que aceptó lo increíble —ser madre permaneciendo vir­gen, madre del Hijo de Dios siendo criatura— «prestando fe, sin mezcla de duda alguna» (LG 63).

«Al Dios solo sabio» (Rm 16, 27) sea «por Jesucristo» (ib.) gloria por este gran misterio de salvación; y a la humilde Virgen del Nazaret, dulce instrumento para la actuación del plan divino, el reconocimiento de todos los que somos salvados por Jesucristo.

Señor y Dios nuestro, a cuyo designio se sometió la Virgen Inmaculada, aceptando, al anunciársele el ángel, encarnar en su seno a tu Hijo: tú que la has transformado, por obra del Espíritu Santo, en templo de tu divinidad, concédenos, siguien­do su ejemplo, la gracia de aceptar tus designios con humildad de corazón.

Tú a la verdad, ¡oh Virgen!, darás a luz un párvulo, criarás un párvulo; darás a mamar a un párvulo; pero el verle párvulo, contémplale grande. Será grande, porque el Señor le engran­decerá delante de los reyes, de modo que todos los reyes le adorarán, todas las gentes le servirán. Engrandezca, pues, tu alma también al Señor, porque «será grande y será llamado Hijo del Altísimo». Grande será y hará cosas grandes el que es poderoso y su nombre santo.

¿Y qué nombre más santo que llamarse Hijo del Altísimo? Sea también engrandecido por nosotros, que somos párvulos, el Señor grande, que, por hacernos grandes, se hizo párvulo. Porque «un párvulo nació para nosotros y un párvulo nos han dado».

Has nacido, ¡oh; Señor!, para nosotros, no para ti; pues, na­cido de tu Eterno Padre más noblemente antes de los tiempos, no necesitabas nacer de una Madre en el tiempo. No has nacido tampoco para los ángeles, que poseyéndote grande no te solicitaban párvulo. Por nosotros, pues, naciste, a nosotros nos has sido dado, porque para nosotros eras necesario. (S. BER­NARDO, Super «Missus»).

Tomado del Libro INTIMIDAD DIVINA, Meditaciones sobre la vida interior
para el Adviento y la Navidad, del P Gabriel de Santa María Magdalena O.C.D.

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