LA INMACULADAD CONCEPCIÓN. Día 8 de Diciembre

«Salve, llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1, 28).

1.— La fiesta de la Inmaculada entona perfectamente con el espíritu del Adviento; mientras la Iglesia se pre­para a la venida del Redentor, es muy justo acordarse de aquella mujer —la Purísima— que fue concebida sin pecado porque debía ser su madre.

La misma promesa del Salvador está unida, más aún incluida en la promesa de esta Virgen singular. Después de haber maldecido a la serpiente tentadora, dijo el Se­ñor: «Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo: éste te aplastará la cabeza» (Gn 3, 15). Con María comienza la lucha entre el linaje de la mujer y el linaje de la serpiente lucha desde el primer origen de la Virgen, habiendo sido ella concebida sin mancha alguna de pecado y por lo tanto en completa oposición a Satanás. Lucha que se convertirá en hostili­dad gigantesca y se resolverá en victoria cuando Jesús, el «linaje» de María, vendrá al mundo y con su muerte destruirá el pecado. De esta manera la vocación de María ocupa un primer plano en la historia de la salvación: ella es la madre del Redentor y el mismo tiempo su primera redimida, preservada de toda sombra de culpa en previ­sión de los merecimientos de Jesús. Sin embargo, el privilegio de la Inmaculada no consiste sólo en la ausen­cia del pecado original, sino mucho más en la plenitud de su gracia. «La Madre de Jesús, que dio a luz la Vida misma que renueva todas las cosas… fue enriquecida por Dios con dones dignos de tan gran dignidad… enriquecida desde el primer instante de su concepción con esplendores de santidad del todo singular» (LG 56). El saludo de Gabriel: «Salve, llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1, 8) constituye el testimonio más válido de la inmaculada concepción de Maria, ya que no sería en sentido total «llena de gracia» si el pecado la hubiera tocado aunque no fuera más que por un levísimo instante.

De esta manera la Virgen comenzó su existencia con una riqueza de gracia mucho más abundante y perfecta que la que los más grandes santos alcanzan al final de su vida. Si consideremos luego su absoluta fidelidad y su total disponibilidad para con Dios, se podrá intuir a cuá­les alturas de amor y de comunión con el Altísimo haya llegado, precediendo «con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas» (LG 53).

2.— Al texto evangélico que presenta a María como «llena de gracia» corresponde la carta de S. Pablo a los Efesios. «Bendito sea Dios… que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos, por cuanto que él nos eligió antes de la constitución del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante él en caridad… para la alabanza del esplendor de su gracia» (1, 3-6). La Virgen ocupa el primer puesto en la bendición y en la elección de Dios, ya que es la única criatura santa e in­maculada en sentido pleno y absoluto. En María la bendición divina ha producido el fruto más hermoso y per­fecto. Y esto no sólo porque fue bendecida y elegida «en Cristo», en previsión de sus méritos, sino también en función de Cristo, para que fuese su madre. .

Hoy la Iglesia invita a sus hijos a alabar a Dios por las maravillas realizadas en esta humilde Virgen: «Can­tad al Señor un cántico. nuevo porque ha obrado maravi­llas» (Salmo responsorial): la maravilla de haber roto la cadena del pecado de origen que tiene atados a todos los hijos de Adán, aplicando a María, antes que se llevase a efecto históricamente, la obra de salvación que Jesús, naciendo de ella, habría de realizar.

La Virgen de Nazaret encabeza así las filas de los redimidos, con ella comienza la historia de la salvación, a la cual ella misma colabora dando al mundo Aquel por quien los hombres serán salvados. Cuantos creen en el Salvador no hacen más que seguir a María, y tras ella y no sin su mediación han sido bendecidos y elegidos por Dios «en Cristo para ser santos e inmaculados… en caridad». Este maravilloso plan divino que se cumplió en María con una plenitud singular y privilegiada, debe realizarse también en cada uno de los creyentes según la medida establecida por el Altísimo. Para ello no tiene más que seguir cada uno en su vida el modelo de María, imitándola en su fidelidad a la gracia y en su incesante apertura y entrega a Dios. Y así como la plenitud de gracia de María floreció en plenitud de amor a Dios y a los hombres; también en los creyentes la gracia debe madurar en frutos de caridad hacia Dios y  hacia los hombres, para gloria del Altísimo y aumento de la Iglesia.

Es muy justo y conveniente, Dios todopoderoso que te demos gracias y que con la ayuda de tu poder celebremos la fiesta de la Bienaventurada Virgen María. Pues de su sacrificio flore­ció la espiga que luego nos alimentó con el Pan de los ángeles. Eva devoró la manzana del pecado, pero María nos restituyó el dulce fruto del Salvador. ¡Cuán diferentes son las empresas de la serpiente y las de la Virgen! De aquélla provino el veneno que nos separó de Dios; en María se iniciaron los misterios de nuestra redención. Por causa de Eva prevaleció la maldad del tentador; en María por gracia del Creador que sacó a la humana naturaleza de la esclavitud, devolviéndola a la antigua libertad. Cuanto perdimos en nuestro común padre Adán, lo hemos recobrado en Cristo. (Prefacio Ambrosiano).

Por medio de ti podamos llegar a tu Hijo, ¡oh bendita Vir­gen!, que hallaste la gracia, Madre de la vida, Madre de la salud, para que por ti nos reciba el que por ti se nos dio a nosotros.

Excuse delante del mismo tu integridad las culpas de nues­tra corrupción, y tu humildad tan grata a Dios alcance el perdón de nuestra vanidad.

La copiosa caridad tuya cubra la muchedumbre de nuestros pecados, y tu fecundidad gloriosa nos dé la fecundidad de las buenas obras.

Señora nuestra, mediadora nuestra, abogada nuestra, recon­cílianos con tu Hijo, encomiéndanos a tu Hijo, preséntanos a tu Hijo.

Haz, ¡oh bendita!, por la gracia que hallaste, por el privi­legio que mereciste, por la misericordia que diste a luz, que Aquel que por medio de ti se dignó hacerse participante de nuestra enfermedad y miseria, por tu intercesión también nos haga participantes de su gloria y bienaventuranza. (S. BERNAR­DO, In adventu Domini).

Tomado del Libro INTIMIDAD DIVINA, Meditaciones sobre la vida interior
para el Adviento y la Navidad, del P Gabriel de Santa María Magdalena O.C.D

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