Una vida plena

Al conocer a Simón, junto al río Jordán, el Señor no veía solo a un hombre ya hecho, con ciertas características. Veía en él a Pedro: la Piedra sobre la que iba a edificar su Iglesia. Al mirarnos a nosotros, ve todo el bien que vamos a hacer en nuestra vida. Ve nuestros talentos, nuestro mundo, nuestra historia, y nos ofrece que le ayudemos, desde nuestra pequeñez. No nos pide que hagamos cosas imposibles, sino sencillamente que le sigamos.

Nosotros somos como somos, ni más ni menos, y ese modo de ser nos hace idóneos para seguir al Señor y servirle en la Iglesia. De su mano, estamos llamados a encontrar el mejor modo de hacerlo. Cada uno el que Dios haya pensado para él: «Tenemos dones diferentes conforme a la gracia que se nos ha dado: si se trata de profecía, que sea de acuerdo con la fe,  y si se trata del ministerio, que sea sirviendo. Y si uno tiene que enseñar, que enseñe,  y si tiene que exhortar, que exhorte. El que da, que dé con sencillez; el que preside, que lo haga con esmero; el que ejercita la misericordia, que lo haga con alegría» (Rm 12,6-8).

Pedro murió mártir en Roma. La tradición sitúa el lugar del martirio, por crucifixión, en la colina vaticana. Cuando conoció la sentencia, repasaría quizá toda su vida. Su juventud, su carácter fuerte y decidido, su trabajo en el mar de Galilea. El encuentro con Jesús y, desde aquel momento, ¡cuántas cosas hermosas! Alegrías y sufrimientos. Tantas personas que habían pasado por su vida. Tanto amor. Sí, su vida había cambiado mucho. Y había valido la pena. Al renunciar a ser aquel pescador de Betsaida tan seguro de sí mismo, había permitido que Dios le hiciera mediador, con Cristo, entre la tierra y el Cielo.

Su historia se ha repetido muchas veces a lo largo de los siglos. Hasta hoy. Jóvenes conscientes de que «lo suyo es soñar cosas grandes, buscar horizontes amplios, atreverse a más, querer comerse el mundo»50. Los primeros que formaron parte del Opus Dei pusieron sus talentos en manos de Dios, y dieron un fruto que ellos no habrían podido imaginar. Es lo que san Josemaría les aseguraba: «¡Soñad y os quedaréis cortos!».

La llamada de Jesús saca lo mejor de cada una y de cada uno, para ponerlo al servicio de los demás, para llevarlo a plenitud. Es lo que vemos en Pedro. Y nosotros, que hemos descubierto cuánto nos ama Él, y que cuenta con nosotros, queremos estar también atentos a su llamada: hoy, y cada día de nuestra vida. Y así, cuando nos encontremos con Él, nos dará «una piedrecita blanca, y escrito en la piedrecita un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe» (Ap 2,17): reconoceremos… nuestro verdadero nombre.

Meditación tomada del libro de Borja de León (ed), titulado: Algo grande y que sea amor. La vocación cristiana: encuentro, respuesta, fidelidad. Fundación Studium, 2020. Borja de León, es un Sacerdote, doctor en Filosofía, que desarrolla su labor pastoral con familias y es capellán de un colegio de Madrid.

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